Tuya la suerte / Autor: Javier Vitela

Tuya la suerte, toda. No tuviste de por medio espiritismo alguno para rogar que te entregaran el entierro las almas en pena. Nada, nada filemón.
Pero algo en el fondo presentías.
Describirlo no podías con palabras, algo en ti te perturbaba; entendías que había que pagar algún precio, te sentías ansioso por ello. Se observaban la luna y tú, por ves primera captabas a la luna imaginativo. Clarísima la noche, de negritud pura, con chispas que irrumpían la profunda oscuridad; rompía la luna ese contraste, con su enorme personalidad bañada de argenta. Corrientes tus perros, los que te adoraban y se acurrucaban a un lado del cuero preñado de oro, mientras tú ilusionado te viajabas a mundos nuevos.
¡despierta ya filemón! Apura que el sol te empezara a dorar el rostro.
Filemón, no pierdas tu tiempo en tu sueño irreal. Despierta y vive. Disfrute tendrás en ello. Mira que contar bien los onzas debes.
Recuerda filemón, despierta a tu nueva realidad.
Filemón, filemón los perros ya se llevaron el cuero arrastrando filemón.
Regresa, no caigas en la trampa del tóxico aliento de los tesoros, de los gases envenenados. Sucumbe a tu realidad filemón.¿ O acaso no revisaste bien la vaca?
Tal vez tenía alguna mordedura de serpiente y te envenenaste con la carne.
¿Que fue filemón?
No te entrampes; no te huyas de ti.
Ya los perros arrastran los cueros de la res; ya los perros relataran tu leyenda. La del tesoro encantado; la del tesoro que nunca existió.
Moriste tu filemón, onza alguna jamás se vio. Ya los perros desgarran a tirones los cueros de la res, ya tu corcel ciego está,
Testigos de nada quedo.

El secreto / Autor: Alberto Calderón P.

Lucrecia, estaba desparramada en el sillón de la sala, entretenida con el control remoto cambiando de canal, no se decidía por uno que le interesara. Era el día del cumpleaños de su mamá. Esperaban a un reducido grupo de familiares y amigos de sus padres, eso la ponía de mal humor; se sentía incomoda de que los invitados vieran los gustos extraños de su papa que le fascinaba coleccionar, una cantidad de objetos indígenas antiguos o imitaciones burdas de ellos que con orgullo los mostraba siempre a sus amigos poniendo estúpidas caras de sorpresa, simulaban estar atentos a sus explicaciones de cómo los obtuvo y su significado a pesar de saberlo de memoria.

Estos se fueron acumulando por toda la casa, en la sala, el comedor, le parecía vivir dentro de un descuidado museo prehispánico. Había figurillas hasta en el baño, para su padre eran muy valiosas, tenía una obsesión por guardar cacharros viejos, para el fascinantes, los adornos de la sala no los soportaba, pero por más que lo mencionaba no quitaban esas cosas colgadas tan feas, lanzas sobre una de las paredes, dos escudos polvorientos, en cada esquina del comedor; un arco con el tirante ya flojo de donde se columpiaban en ocasiones, diminutas arañas. Su principal trofeo era la máscara con incrustaciones de una piedra verde con una forma bastante parecida a la de una persona, no tenía adornos exagerados, sus ojos, dos óvalos perforados para ver desde adentro.

      Ella seguía distraída viendo la televisión, solo se movió un poco cuando su madre le dijo que la ayudara a limpiar la casa antes de que llegaran los invitados. Hizo el intento de incorporarse y mascullo.

–flojera salte de este cuerpo,– su conjuro no le sirvió a la primera.

La segunda fue al momento en que su madre le apago el televisor y no le quedó otro remedio que levantarse a sacudir por aquí y por allá, después de limpiar el arco y las flechas, de tensar no mucho por cierto la cuerda negruzca que imaginó sería la tripa restirada de algún animal, con un paño húmedo le quito la telaraña, para finalizar se fue directamente sobre la máscara. Estaba en alto lejos del alcance de alguna mano curiosa, la bajo con cuidado. No pesaba, la limpio; a diferencia de los otros adornos de la sala y el comedor, no estaba sucia, le pareció que tenía su mantenimiento o uso periódico, de cualquier forma la froto para dejarla brillante. Antes de subirla la curiosidad le gano y como era de esperar, se la puso en la cara. De inmediato un escalofrió recorrió todo su cuerpo, se la iba a quitar cuando su madre al ver que no hacia ruido le pregunto,

 Al no recibir respuesta pensó que nuevamente su hija estaría sentada en el sillón, fue a verla pero era demasiado tarde. Lucrecia ahora estaba encaramada arriba de una pirámide esperando turno y viendo como le sacaban el corazón que aun latía a una joven mujer que momentos antes gritaba desesperada.

Con sus manos y las de su madre apenas se la pudo desprender y regreso de súbito espantadísima. La colocaron en su lugar y prometieron guardar el secreto. Regreso al largo sillón, ya no prendió el televisor, había vivido el mejor programa de su vida en un instante. Se preguntaba que otros secretos guardarían todos esos recuerdos prehispánicos. Cuando vio llegar a su padre angustiada, recordó al hombre que empuñaba la obsidiana para quitarles la vida a las mujeres.

MANOS QUE SIEMBRAN / Autor: Javier Vitela

Campesino que con
tus manos siembras,
que te conjugas con
la tierra; campesino
de sabiduría innata
por ti se conjuran
revoluciones e ideales
politicos, cuyas premisas
fracasan, pero tú, en tu
humilde sendero, paso
a paso, dejas holladuras
en tu caminar; tu andar
firme, de ideales incorruptibles.
Cuando describes tu
entorno es tu narrativa
la del insigne escritor,
tu mente imaginativa
se libera de prejuicios
sociales. Siembras
esperanza para cosechar
ideales.
Con tu sudor riegas
los surcos de tus manos
donde se moldean los
principios que forjan
una nación.
tu alma, noble por antonomasia, sin pretensiones banales
Se empatiza con tu prójimo
cuando se defiende la
tierra de tus ancestros.
trasciendes allende los
imperios, con sus Cortes
De ilusos.
Eres majestad y acervo
traducido en nación.

NIEBLA Y HASTÍO / Autor: Raúl Silva

NIEBLA Y HASTÍO

Siempre caminamos
a través de niebla,
cansancio y hastío.
Mis voces celosas
eran como coces dolorosas
de un equino bravío,
pero hablando de amor,
creo fue más limpio el tuyo que el mío.
Nuestros cuerpos
a pesar de todo,
de algún modo
siempre alcanzaban el cielo,
como dos salvajes en celo.
A veces no había razones
para nuestras discusiones
pero siempre, con sabiduría loca
tus senos, siempre callaban mi boca.

Raúl Silva.