Yo soy el enamorado de la vida

                                          Yo soy el enamorado de la vida

Escribo con el amor y describo con el alma. Plasmo paisajes que solo mi mente ve, y los exteriorizo en párrafos continuos que albergan sentires y denotan sentimiento. Viajo a confines imaginarios y los vuelvo una realidad efímera, solo en ocasiones, otras tantas se inmortalizan en la sonrisa de algún lector. Les pongo atuendos a las demacradas hojas con palabras sonoras, o quizá, hasta las llego a engalanar con vestimentas únicas y perfumes de sándalo.

 Las encierro en frascos con cerradura y candado, luego las perdono y las dejo salir a que revoloteen como las pequeñas mariposas en una primavera con luz de sol y rayos de plata. Algunas más se me suben sobre el cuerpo logrando cierto cosquilleo y sí, logran que las ordene en mis textos, haciéndolas seguir el guion que les marcó una inspiración un tanto desgastada en el ápice de estantes, polvosos por el olvido.

 Es a través del alma la cual imploro una vez más, le ruego y me aconseja, me dicta y lo transcribo con cierta delicadeza, tal como lo hago cuando arrullo tu sien y en mis brazos te siento pequeña. He llegado a pensar que me tienden una trampa, y sobre todo cuando están todas reunidas en un silabario que no entiendo ni ton ni son, solo letras, como una danza propia del África, deleitando a los dioses en señal de agradecimiento.

 La música es de suma importancia, las invito, las reúno y me siento junto con ellas, y poco a poco salen a escena, grises y simples, yo me encargo de darles color y ritmo, me visto de director y me siguen en el acorde único de un cuadro sin igual y nos volvemos uno, no se sabe ni quién es quién, solo el amor le da la pauta a conseguir plasmar la obra más bella jamás escrita. Escribo en el hoy, para perdurar en el más bello recuerdo de un mañana, porque yo soy, el enamorado de la vida.

Edgar Landa Hernández.

 El recuerdo

                                                             El recuerdo

Las casas también mueren. Algunas están desahuciadas, no hay nada que hacer por ellas.

Hay casas que siguen con vida, alegres de fachadas simpáticas y humor fino.

Otras tienen más recuerdos que el álbum de la abuela María Luisa. Guardan imágenes, escenas que reivindican el paso de cronos.

Toda casa tiene su historia. Despojos de merodeadores de sombras cuando el tic tac marca las 3: a.m. ¡No le tengo miedo a los espectros! He charlado con ellos mientras el humo de un cigarrillo completa la silueta del invitado.  Incluso, les he contado mi historia. Cuando el jardín era florido y no existía la maleza que cubre las antiguas bancas de hierro. He vivido en todas y también en ninguna.

Las paredes son artefactos que guardan secretos. Cada habitación cuenta lo propio. Si embargo, hay despedidas sin previo aviso, cortesías inexistentes en torno a un saludo inconcluso.

En los lugares más recónditos habitan inquilinos clandestinos disfrazados de evocaciones.

Son ignorados, continúan furtivos a la espera de salir del anonimato y entonces volver a vivir.

Las casas, al igual que las personas sienten, están vivas. Sus ventanas son un desfogue con claves a las cuales hay que saber descifrarlas, algunas no tienen combinación alguna, otras son herméticas. El enigma está en saber descubrir la simbología que nos brinda.

Hay casas grandes, chicas, medianas. Inconclusas, construidas con cimientos sigilosos y sentimiento de los que las habitan. Mi casa es grande, con ventanas que dan al mar, otras al cielo, ¡les digo que es enorme!, cuando me acuesto en la recámara puedo ver tapizado el techo de pequeñas lucecillas, algunos les llaman estrellas.

Vivo en los inquilinos, en las paredes, en la cocina y los dormitorios.

Nadie se escapa de mí. Tan solo soy un recuerdo.

Edgar landa Hernández.

No me he de rendir

No me he de rendir Lo que ocurre en el planeta nos afecta. Pensamientos ajenos, incertidumbres que aquejan nuestras emociones. Suposiciones que tomamos como una verdad y no investigamos la veracidad de las noticias. Las evidencias se muestran como un gran juego de cartas y cada quien las baraja a su manera. Sin embargo, a pesar de la manifestación de noticias funestas, noticias que nos asustan confirman una vez más que si no disciplinamos nuestros pensamientos, la salud decae. Y precisamente ante estas manifestaciones de reflexión, tomé de una bella poesía del escritor y poeta Ángel Núñez Beltrán, Una línea que hoy me sirve de título de mi texto. “No me he de rendir” Las decisiones erróneas nos llevan por la inexactitud de nuestra ruta. Y es ahí en donde debemos de detenernos, cavilar, y proseguir sin rendirnos. “No me he de rendir” es una frase corta, pero que contiene mucho. Hace algún tiempo, por el rumbo del barrio de “San Bruno”, cerca de la llamada “ruta dos”, aquí en mi bella Xalapa, mientras conducía mi auto, pude observar a lo lejos a una diminuta mujer. Eran ya las 10:pm. La señora caminaba de forma diferente, ya que ella no contaba con una parte de sus piernas. Solo tenía de la rodilla para abajo. Para caminar tomaba una silla y ponía la pierna incompleta en el asiento, al tiempo que daba el paso, haciéndolo así sucesivamente, y por si fuera poco cargaba una vaporera con tamales que hacía para vender y ganarse unos pesos para poder sobrevivir. Proseguí mi camino y metros adelante me detuve. La escena anterior me hizo reconsiderar y regresé donde estaba la mujer. Con mi sonrisa característica le pregunté cuál era su destino, ella me comentó que se dirigía hacia la colonia cerro colorado, el cual era un trayecto todavía muy largo y más tratándose por las condiciones de la señora. Me ofrecí a llevarla hasta su destino, cosa que aceptó sin miramientos. Subimos sus utensilios al auto y enfilamos hacia la colonia cerro colorado. Justo cuando creí que ya habíamos llegado, la señora me decía, la dejara justo ahí, que aún tenía que bajar por una calle muy accidentada por donde no pasaban los autos, quedé sorprendido que a pesar de su discapacidad realizaba esta rutina diariamente. Me contó su historia, el porqué de su pierna incompleta, así como la relación con sus hijos. Ella vivía sola. Y de algo tenía que sobrevivir. Bajamos sus cosas y se fue, no sin antes dejarme una bendición y un abrazo. Después, desapareció. Agradecí por haber conocido a esa señora, aunque sé que por un día la apoyé para que no caminara mucho, al día siguiente ella realizaría la misma rutina. Ver la forma en la que encara la vida me hizo sentir bendecido por contar con todas las partes de mi cuerpo, por valorar, por no rendirme ante la adversidad y tal como ella lo hace proseguir nuestro camino hasta que Dios nos lo permita. Hoy esa enseñanza sigue latente en mí. Y cuando siento que la carga es pesada y no puedo más, recuerdo aquella señora, levanto mi vista al cielo y una vez más digo “No me he de rendir”

Edgar Landa Hernández.

Casiopea





Casiopea
Mi padre me enseñó a observar el cielo. No era un erudito en la materia. Pero si en la forma romántica en la que se desenvolvía, cuando se inspiraba. Él no escribía, pero tenía la facilidad de dar discursos sin siquiera escribir palabra alguna. Las palabras le salían del corazón.
Poco o nada sabía de los nombres de las constelaciones. Simplemente, me decía -Busca las figuras y dale un nombre. Yo era muy pequeño y por más que trataba de buscar alguno, siempre sonreía y lo dejaba para alguna otra noche.
Tiempo después crecí. Y proseguí observando la noche. Cuando el viento fresco se apoderaba de mis ideas y mis sueños. Cuando de pronto a lo lejos me detenía a seguir la ruta de alguna chispa sobresaliendo del espacio y así, sin decir más, desaparecía.
Recostado sobre una base de cemento, me acomodaba y estiraba yo mi mano y era entonces que la magia se convertía en realidad. Tomaba una a una las estrellas. Me las llevaba a mi rostro y les hacía un refugio con la palma de mis manos. Entonces ellas brillaban como si fueran luciérnagas. No las mantenía mucho tiempo apresadas, y les otorgaba la libertad, las aventaba al cielo para que ocuparan su lugar dentro de la noche.
Prefería verlas brillar en lo alto.
Cuando aprendí a leer buscaba libros relativos a las estrellas y sus constelaciones, a las nebulosas y las pléyades.
Y fue en una tarde que acudí a la biblioteca que me di la oportunidad de investigar entre cientos de libros, alguno que me llevara a aquel sitio donde niño me sentía fuera de este mundo. El cielo.
Le pregunté al encargado y me dio una propuesta. Buscar sobre Casiopea.
Casiopea era una constelación, ubicada entre la constelación de Perseo y Cefeo. Mis ojos brillaron, mi sonrisa abarcó mi rostro, tan grande como una gran rebanada de sandía.  Había encontrado lo que buscaba. Según el libro, Fue el astrólogo griego Ptolomeo el que enumeró las constelaciones.
Y desde aquel día, cuando siento que me falta algo, cuando mi semblante carece de la curvatura que rara vez se ausenta de mi faz, vuelvo a mi origen. Dejo todo. Me olvido de todo y me vuelvo a recostar. Cuando la oscuridad se cierne sobre la ciudad. Cuando lo único que me acompaña son las serenatas nocturnas de los grillos y alguno que otro pájaro distraído. Miro hacia el cielo. Y busco a Casiopea. Casiopea, de acuerdo a la leyenda mítica, fue la reina de Aethiopia y Esposa del rey Cefeo. Y fue castigada por Poseidón, dios del mar.
Y una vez más señalo con el dedo. Quizás hoy vuelva a emerger el poeta que vive tímidamente en mi ser, y junto con mis ideas, escudriñemos la negritud del cielo. Creando un poema que le dedicaremos a Casiopea.
Édgar  Landa Hernández.
 

Hablemos de literatura

Hablemos de literatura

La lectura inicia con un encabezado inusual, y dice así:

“Hay una foto que no me puedo sacar de la cabeza.
Una niñita con un vestido floreado grita en la oscuridad.
Se ve sangre por todos lados: en sus mejillas,
En el vestido en gotas que salpican el suelo.

Y así da inicio la novela llamada “cartas a los perdidos” de la escritora Brigid Kemmerer.

“Cartas a los perdidos”, más allá de un relato de sucesos que vive la protagonista junto con otro personaje llamado declan, es una serie de vivencias realistas que te atrapa desde un inicio, prosiguiendo a devorar las líneas que se presentan a lo largo de esta prosa, algunas veces poéticas, dejando un halo de misticismo.

La historia se basa en la vida de dos personajes opuestos entre sí, Juliet y Declan.
Juliet es una bella joven que hace unos meses perdió a su madre en un espeluznante accidente. La madre, fotógrafa de profesión, viajaba alrededor del mundo cubriendo zonas de guerra y causas muy importantes.

Por esta razón, Juliet la idolatra y no la ve muy seguido, pero tienen una forma de comunicación: las cartas. De ahí el título de esta magnífica obra literaria. A pesar de que cuando pueden se comunican por videollamadas o mensajes, ambas son aficionadas a las cartas. Cuando su madre muere, Juliet sigue escribiéndole cartas y llevándolas al cementerio en donde pasa largas horas.

Sabe que su madre no le va a responder, pero es la forma que encontró para seguir «comunicándose» con ella. Un día, una de las cartas que deja es respondida. A pesar de sentir indignación porque alguien violó su privacidad, se ve atrapada en la interacción que se crea con quien sea que responda sus cartas. No le conoce, pero siente que lo entiende, y que él la entiende a ella.

Declan Murphy es un chico bastante problemático. Un día no aguanta más y choca la camioneta de su padre. Por esta razón, la jueza lo condenó a trabajo comunitario, y le tocó ayudar al encargado del cementerio. Esto no es que le haga mucha gracia, pero prefiere eso a estar en su casa con su madre y su padrastro. Cierto día encuentra una carta en una de las lápidas y decide leerla. Sin pensarlo, le responde, y antes de darse cuenta, están escribiéndose con la chica que deja las cartas de forma anónima.

Declan también está roto, también perdió a alguien, y también siente que la chica misteriosa es la única que lo entiende. ¿Qué pasará al final entre estas dos personas? ¿Podrán ayudarse o ambos terminarán destrozados por las pérdidas que los aquejan?

Cartas a los desconocidos es una historia de intriga, de amor, es una forma de reencuentro, es una historia única que ahonda en el sufrimiento de cada uno, en la recuperación y en cómo a veces las personas menos pensadas son quienes en realidad nos ayudan.

Se los comparte su amigo de la eterna sonrisa

Edgar Landa Hernández.

Conmoción

                                                        Conmoción.
 
 
Una melodía se escucha en plena calle. Las casas permanecen cerradas, no hay gente cerca.
Un auto deportivo minimiza los altos decibeles del estruendo musical. Por unos segundos, la música no es audible. Solo el poder del motor se escucha. Dos acelerones y sale despavorido el auto perdiéndose entre el asfalto.
La melodía regresa. Trato de ubicar dónde es. Por más que busco es infructuosa la localización. Prosigo caminando. Una bugambilia se dobla, el viento le tiende una trampa hasta casi hacerla rozar sus ramas con el pavimento. Se convierte en una reyerta, una disputa entre dos elementos de natura, ninguno cede, hasta que el aire se da por rendido y el pequeño árbol se levanta en señal de triunfo.
Me detengo un instante, tomo un pañuelo de una de las bolsas de mi pantalón y seco mi rostro. Aún me falta mucho trecho por recorrer.
Alzo mi vista, y dentro de una edificación logro dar con la melodía. Ahora, con menos volumen. Sí, es ahí, estoy seguro de que de ahí surgió la melodía que me provocó la atención.
Se fue. ¡Ya no se escucha! Vuelvo a mirar, y observo a una chica. Su torneado cuerpo está enfundado en unos ajustados mallones color negro. Su cabello es recogido por una dona de tono rosa. No puedo ver qué tipo de calzado usa, pero pareciera que se ejercitaba al ritmo de la música. En su torso, un breve top, contiene sus protuberantes y rozados pechos.
No logro enfocar su rostro. Sus movimientos son sensuales, semejando una gacela en inquietud. De Pronto, se suelta el cabello y lo mueve de forma parsimoniosa. Cuál abanico recreando ondulaciones en una moción singular.
Yo sigo como estatua. No me muevo. Ella percibe mi presencia. Voltea y me mira, sonríe mientras sus ojos cafés chispean de manera intensa. Yo apenas si hago una mueca de sorpresa.
Bajo la mirada, nuevamente, busco la mirada de ella. Y ahí continúa. Ahora correspondo a su invitación.
No hay diálogo. Las palabras se ausentan, pero la inquietud de su presencia crea un nerviosismo en mi ser.
La veo y trato de llevarme su imagen, su recuerdo. Mientras que ella se refugia en su departamento.
Suspiro y prosigo mi viaje.
Seguiré pensando que solo fue un sueño del que ya no quiero despertar.
Edgar landa Hernández.
 
 
 

Alas

Alas


Mientras las alas infatigables continúen batiendo el viento, y prosiga el baile admirable de la vida, reanudo las innumerables bendiciones que esto conlleva.

Desatenderse sería abandonar el constante progreso, frenarse ante las cortinas de humo que eventualmente recorren taciturnas las avenidas de la inconsciencia. 

Perduro ante el inminente prolongar de la existencia desafiando a cronos.

 Relevando con astucia las múltiples facetas, atestiguando de cierto modo un referéndum de lógica y conocimiento.

Insisto, creo, elaboro hipótesis mediante chispazos de madrugada, cuando de repente llega esa luz resplandeciente que me visita desde hace 10 años.


Jamás me desanimo, al contrario, despierto del letargo en el que me encuentro.

Saboreo detenidamente, extrayendo el color al sabor de cada cosa, gozando, experimentando una y otra vez y cautivándome de lo que existe, de lo que me rodea y me hace parte de ello.


Me convenzo una vez más que somos seres pensantes, desafiamos nuestros caminos por preferir de algún modo en cortar la ruta y buscar ciertos atajos. Nos deslumbra el falso color del oro, nos dejamos seducir por las entonaciones sublimes anclándonos por lapsos de locura sin llegar a corresponder de una manera lúcida y sensata.


Emprendo nuevamente el vuelo, hoy volveré a surcar el cielo, lejos de la tierra y tan cerca de Dios.


Edgar Landa Hernández.

Introspectiva

Introspectiva

Las gotas de agua se deslizaron sobre el cable de la luz. Lo único que hice fue lo suficiente para poder complacer mi vista. El olor de la mañana se mezcló con la incertidumbre. La incesante lluvia dejaba al descubierto montículos de piedra, como si se tratara de pequeñas constelaciones en la tierra. No me sorprendí, ¡solo lo admiré!.

He visto más de una vez los espectros inconscientes saludarme. Con los ojos rojizos y sus mentes trasnochadas. Seres en vigilia. Y una capa delgada de neblina se esparció por las calles solitarias. El clima me ayudó. Con ello, la inspiración. Y mientras el agua arrastraba todo, despejó mis pensamientos, sucedió que la claridad de lo que deseo llegó en un instante. Decenas de mensajes se arremolinaron y tomé algunos para lograr mi objetivo. Y fijé mis ojos entre tantos árboles, en las nuevas plantas, en las flores amarillas con color de caramelo tratando de localizar esa luz que me guía diariamente.

Pensé que con tanta lluvia el trabajo disminuiría, cosa que no fue así. Me quedé con mis dudas, escudriñé en los recuerdos, fisgoneé en las avenidas, sentí por unos minutos la trivialidad de la vida. Las cosas simples se convirtieron en señales, y acepté cada una de ellas.
Como por arte de magia la armonía llegó. Mi respiración marcó cada latido.

Registré lo que mi sentido auditivo me hizo llegar. Una lucha con lo desconocido. ¿Para qué saber más de lo que estoy dispuesto a comprender?
Es tan rápido lo que corre el tiempo. La lluvia disminuyó. Tomé mi cámara y disparé. Todo quedó en una imagen.

Y sigo escarbando entre las palabras. Abriéndome al mundo y cerrándome a la ignorancia.
Tan solo fue un día, y, sin embargo, ¡ha pasado tanto!

Edgar landa Hernández.

No llevo prisa

No llevo prisa.
Creo que una de las cosas más valiosas que en este momento poseemos, es tener la capacidad de elegir, dónde buscar y por cuál camino transitar hasta encontrar un nuevo descanso donde detenernos y observar.
Esto nos plantea una nueva alternativa, pero lo más valioso, es elegir para CREAR Y TENER sentido para tomarlo y con ello, dejar de lado lo que no resuene en nuestro interior.
No soy de los que llevan prisa. Lo que ha de llegar ¡bienvenido! y lo que no pues a seguir trabajando de manera constante para que se haga realidad.
En cada texto que les comparto, en cada línea está la fe de quien esto escribe, siempre escribiendo con la razón que me dicta mi corazón, sin aspaviento ni retórica que elogien las letras que me sirvan para llevar a cada uno de Uds. una parte de mí, en donde les comparto mi sentir, mi forma y estilo de vida que me ha dejado buenos dividendos, siendo la gratitud parte esencial en mi actuar.
¡Siempre con una sonrisa!
Cada tema que les hago llegar no es precisamente alguno en especial, son los momentos y las charlas con los amigos, compañeros, conocidos en donde uno se nutre de ello. Incluso las melodías, esas en las cuales más que una canción son sentires que se expresan de diferente manera y en forma de reflexión.
La verdad es que tengo muchas razones por la cual escribir estas cosas. Soy un afortunado y sobre todo bendecido; a quien se le dio una nueva oportunidad al estar frente a frente con la muerte.
Tengo mil razones por la cual compartir esta forma que se vino a quedar en mí y así lo entiendo. Pienso que si tal vez comparto esta forma en donde veo la vida como una alegría se acrecentará su felicidad por hacerlo de igual manera., alguien, tal vez alguien… puede interesarse.
Escribo bajo el influjo del amor a la vida, a mi familia, a mis amigos dejando huella y no cicatrices. Hoy no tengo prisa, el tiempo eso es, tiempo; el que tarde o temprano será mi tiempo.
Muchas gracias a todos Uds. que me dan la alegría de leerme, ya que es un aliciente a ser mejor y seguir compartiendo con Uds.
Su amigo de la eterna sonrisa
Edgar Landa Hernández.




45Pau Chagoya, Alberto Calderon y 43 personas más
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Páginas del pasado

Páginas del pasado

La alegría de la familia era notoria. A pesar de la ausencia de la madre, festejar el onomástico numero noventa del padre causaba cierto furor en el rostro de los hermanos. Con achaques de la edad, don Fermín aún se valía por sí mismo. Su caminar era lento, sus ojos apenas y podían distinguir a lo lejos. Una de sus manos, afectada por el mal del Parkinson, hacía que todo su brazo le temblara.

Algunas veces, se sentaba a la orilla de su cama, y miraba a través de la ventana. Nunca se imaginó llegar a cumplir tantos años. Una breve sonrisa esbozaba su semblante. Su fisonomía era delgada, sus piezas dentales estaban incompletas. A pesar de todo disfrutaba su tiempo.
Los cuatro hermanos organizaban el gran acontecimiento, sonrisas por doquier, los nietos veían a su abuelo con amor y respeto, y él les devolvía con abrazos el sentimiento guardado.

Se buscó el mejor lugar, el mejor banquete, así como la música. Don Fermín observaba la atención de sus hijos. Recordó aquella noche, quince días antes, cuando solitario en su recámara, al tratar de voltearse en su cama, cayó al piso golpeándose la cabeza. Por más que trató de levantarse, no lo pudo hacer.

No fue sino hasta el día siguiente que llegó su hija y se percató de las condiciones de su padre. Rápidamente lo levantó y recostó en su cama. Don Fermín sonriendo una y otra vez le decía a su hija cuánto lo sentía, como si se tratara de un pecado el haberse caído de su cama.
La hija fue hasta el cuarto de baño y tomó una toalla, así como un pequeño recipiente en donde vertió un poco de agua. Con sumo cuidado lavaba las heridas de su padre.

Don Fermín no dijo palabra alguna. Sentía ser una carga para su hija, era la única que veía por él. Al finalizar la curación, las manos del padre, se acomodaban sobre las de ella, segundos después la abrazaba.

El día esperado llegó. La iglesia del pueblo se atavió de sus mejores galas, así como los diversos invitados. La homilía fue dedicada a don Fermín, que por única ocasión vestía un traje de color gris.
Atentamente él escuchaba la homilía. Su forma de respirar atestiguaba su nerviosismo. Unas lágrimas rodaron de su rostro. Volteó hacia atrás y observó a sus cuatro hijos. Después de terminar la misa, todos se dirigieron al salón donde se efectuaría el banquete.

Del brazo de su hija llegaban al centro de reunión. Unos mariachis entonaban “las mañanitas” mientras que las vivas y los aplausos por el cumpleañero no se dejaron esperar.
¡Todo fue un éxito! La fiesta culminaba entre abrazos y algunos obsequios a don Fermín.
Justo cuando la hija de don Fermín se llevaba a su padre, uno de los hermanos, al calor de las copas iniciaba una pelea con su hermano mayor. Insistían por saber a quién se le iba a quedar la casa de su padre. Así como dos autos, que con mucho sacrificio su padre se había hecho de ellos.
La hija arremetió en contra de sus hermanos, a uno de ellos le asestó tremenda bofetada.
Dos días después, los cuatro hermanos se reunían. Don Fermín permanecía a la expectativa. Los hermanos llegaban a un arreglo. Para que nadie saliera perdiendo debían de internar a su padre en un asilo. Ellos ya no podían seguir atendiéndolo, además les quitaba tiempo y dinero.
El hijo mayor le explicaba los pormenores a su padre. De un folder sacó unas hojas y se las hizo firmar. La hija únicamente agachó la cabeza, se acercó a su padre y le comentó: -es lo mejor para todos.

Sabía que la decisión no era fácil.
Don Fermín aceptó irse al asilo. Sarcásticamente les agradecía a sus hijos el haber tenido el mejor de los cumpleaños.
A los pocos días, la hija regresaba a su hogar de la mano de don Fermín. Dejaba el asilo. Solo quería cerciorarse del sentimiento de sus hermanos, así como de su ambición.
Durante dos años más don Fermín vivió con amor y cariño por parte de su hija y sus nietos.
Antes de cumplir los noventa y tres años, un paro cardio respiratorio acabó con su vida.

Edgar Landa Hernández.


*foto tomada de la red*

Objeto intruso

                                                             Objeto intruso

La gente se ausenta de las calles. La niebla hace su aparición tendiendo su red. El vaho recrea una breve formación en forma de remolino, se va, regresa, para de nuevo posarse en la boca de Enrique.

Son casi las doce de la noche. El pasaje sigue sin presentarse. El taxi permanece en un sitio solitario. El cansancio arrecia, los movimientos son más torpes, los ojos casi se cierran, Enrique, ruletero de afición y necesidad, requiere una carrera para poder completar el suficiente dinero para pagar la cuenta. Fin de mes, la gente está gastada, los impuestos, colegiaturas, gas, luz, y una tremenda lista que es mejor no seguir.

La ventanilla del auto sigue a la mitad, se siente frío, somnolencia. La alarma del reloj marca nuevo día.

Un movimiento en la cabeza de Enrique hace que se desparpaje, aprieta sus labios y exclama en señal de desaprobación, uno de sus dedos de la mano lo lleva al oído, lo introduce y sonríe. La comezón desvanece, nuevamente arremete sin miramiento, el dedo de Enrique es demasiado robusto para adentrarse más, afanosamente busca en el cenicero algún objeto para poder lograr su cometido, ¡quitar la comezón!

Un pequeño tornillo se entromete. Justo lo que él necesita. Con sumo cuidado lo toma, cuesta trabajo colocarlo en sus regordetes dedos, lo hace y lo lleva directo al oído. Uno, dos, tres movimientos y disfruta de ello. Hasta qué un » Está libre, joven» lo espanta logrando soltar y dejar el tornillo en el fondo del oído. Enrique se asusta, abre los ojos cuál si fueran alcantarillas, mientras que el cliente le pregunta que, si está bien, si tiene algún inconveniente.

¿La negación llega, un – estoy bien, dígame a dónde lo llevo?

La ruta es sabida y se emprende el rumbo, la especulación convierte el viaje en un sinnúmero de probabilidades que puedan surgir por el objeto en el interior del oído, sordera, dolor, desesperación.

El viaje se hace interminable, las palabras del cliente no se escuchan, la voz es hueca, las luces pasan tan rápido como flashazos fotográficos. Enrique continúa su pensamiento, se basa en el cobro de la carrera, por fin dinero para sus gastos, no importa si ya no realiza otra, quiere descansar e ir con su familia, son casi la una de la madrugada.

Aún no sabe si dirigirse a la cruz roja a qué le saquen el tornillo o de plano cobrar el dinero que tanta falta le hace, la charla con el cliente finaliza.

Pregunta el costo y saca de su cartera un billete dejándole el resto para su refresco a Enrique.

¡Es más, de lo que le iba a cobrar!

El golpe de una mano contra la portezuela agarra desprevenido al chafirete.

Enrique asustado pregunta ¿qué pasó?, ¿qué sucedió?, un transeúnte sube al taxi, necesita dirigirse a su domicilio, -¿está usted libre?

 es hora de iniciar la carrera.

Édgar Landa Hernández.