Al Maestro Mario Millán.

Al maestro (Millán) con cariño.

– Si quieres aprender, enseña. Cicerón. –

Le conocí una noche, previo a una velada poética que el Amigo Alberto Calderón y esposa me habían invitado con anticipación. Se presentó él como el profesor Mario Millán. Estreché su mano y le dije quién era yo.

Como si nos conociéramos de años, el Maestro Millán me compartía sus andanzas como profesor rural, las vicisitudes que tuvo que enfrentar al carecer de material didáctico para poder impartir sus cátedras a los alumnos de la sierra, así de cómo fue la manera de ingeniárselas para elaborar los libros que habrían de servir de herramienta para poder emprender su sueño, lo que le gusta y apasiona que es compartir sus conocimientos.

De mirada afable, de poca sonrisa, pero cuando lo hace la crea de manera sincera; de hablar pausado y sobre todo analítico, así es el Maestro Mario Millán.

Ha escrito cerca de siete libros, así como escribe poesía, hace ensayo, relato y cuento, aunado a que tiene un gran conocimiento sobre la lengua materna. Y qué decir cuando con una inmediatez logra con sus décimas atrapar pensamientos de una forma audaz y creativa.

A él le agradezco el haber escrito la cuarta de forros para mi libro “El hombre de las mil palabras”.

He compartido escenarios junto con él, así como diversas actividades literarias. El profesor Mario Millán, es el maestro que jamás deja de enseñar, siempre crea, comparte de su ser.

Dentro de sus múltiples facetas, también canta, toca la guitarra, el violín y la jarana.

Charlar con el Maestro Mario Millán es profundizar conocimientos, quedarse boquiabierto cuando da datos, fechas y cronologías de sucesos históricos que son parte de su acervo intelectual.

En nuestro programa radiofónico tiene su segmento denominado «La reflexión hecha poesía»

Hoy, en su onomástico, escribo este breve, pero emotivo homenaje al amigo, el escritor y poeta que me ha dado oportunidad de aprender de él y conocerlo como ser humano.

¡Muchas felicidades Amigo mío!

Se los comparte su amigo de la eterna sonrisa

Edgar Landa Hernández.

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   Cuánto gané, cuánto perdí




                                                  Cuánto gané, cuánto perdí

Justo después de terminar mi jornada laboral el día de ayer, una noticia hizo que permaneciera un rato más frente a la computadora. En un comunicado vía redes sociales, informaban que el cantautor cubano, Pablo milanés, culminaba su ciclo en la tierra, a la edad de 77 años. Murió lejos de la tierra que lo vio nacer. Su ciclo se cerró en Madrid, España.
Inmediatamente, vino a mi recuerdo su fisonomía, regordete con su cabellera china, abundante y sus lentes. Y sobre todo sus canciones. Una ocasión, siendo yo un adolescente, compré un casete en la otrora Comercial Mexicana, con melodías de Pablo y Silvio Rodríguez. Estaba en pleno apogeo en México la trova cubana.
Mi padre, como buen bohemio, contaba con la amistad de dos jóvenes que, magistralmente interpretaban la música del caribeño. Cabe destacar que el día que mi padre murió, uno de ellos cantó el unicornio azul, de Silvio Rodríguez.
Pablo Milanés, a través de su música, encendió las velas, remojó los labios, sus arpegios fueron abanicos en pleno sol que mitigaron el cansancio creando esperanza donde no la había.
Le cantó a su patria, a su madre, a su vida, así como a Yolanda. (Dedicada a la figura de su gran amor, Yolanda Benet, con la que estuvo casado seis años, entre 1969 y 1975. Una parte de la melodía decía así “Esto no puede ser no más que una canción, quisiera fuera una declaración de amor”
El viento otoñal sacude recuerdos, recrea escenarios, las fechas se marcan con tinta y música.
Hoy, Pablo Milanés deja un vacío en los corazones de la gente, para convertirse en leyenda inmortal por el resto de nuestros días.  
Termino mi texto mientras la música crea en mí la armonía, lejos del caos que afuera me espera con restos de humedad.

Se los comparte su amigo de la eterna sonrisa

Edgar Landa Hernández.
 
 
 
 

El gran libro de la vida

El gran libro de la vida

En el gran libro de la vida, son las personas, causas y sucesos las que nos conllevan a escribir día a día, llenando de memorables momentos, cada actuación que a través de nuestras decisiones se van acumulando, vivencias únicas e irrepetibles, pero que son parte fundamental en el aprendizaje diario. Jamás algo llega por casualidad, son las causas conscientes o inconscientes las que de alguna forma son las piezas que necesitamos para formar nuestro gran rompecabezas.

La atracción consciente es cuando manejamos nuestros pensamientos. Y la atracción inconsciente cuando dejamos que fluyan por si solos para que funcionen libremente.

Las personas llamados amigos, o seres que de una u otra forma se han ganado nuestro afecto y cariño, amalgamando sentires que envuelven un entorno prodigioso, excelso y maravilloso; son gente que aporta cierta dosis de conocimiento para la plena evolución, logrando una alquimia entre dos seres que progresan continuamente. Todo lo que nace del amor está llamado a tener éxito y prosperar

Hay una frase que me encontré y la comparto con Uds.

“Que no te falte un beso que cause temblor; que no falte una caricia que te produzca calor; que no falte en tu vida… Un café, un libro y un amor…”

Se los comparte su amigo de la eterna sonrisa

Edgar Landa Hernández.

Introspección

Introspectiva

No recuerdo cuándo fue la última vez que escribí. Las múltiples actividades que complementan mi vida me han tenido maniatado. No he vuelto a usar los bolígrafos que me obsequiaron mis alumnos del curso de creación literaria. Las cartas obsequiadas siguen dentro de mi maletín. He leído más de lo que imaginé, he aprendido tácticas de locución para dar un mejor programa a mis radioescuchas. Eso me hace sentir bien. Soy agradecido con todo. Hoy fui más feliz, debido a que mi amiga y maestra Lilith Tagle ya me trajo su nuevo libro.

«No será eso que nos detenga» Lo leeré detenidamente y tengo la plena seguridad que saldré de la lectura con nuevos aprendizajes. 

Quizás mañana vuelva a retomar el suspiro y lo plasme sobre las hojas blancas que ya me miran con rencor. Mis personajes ansiosos de participar en mis cuentos también se enfadan y me gritan. Se desesperan y algunos se esconden, otros más, desaparecen. Hoy escribo a través del móvil. La computadora la he dejado descansar un rato. 

Mientras trato de ser feliz, prosigo en la búsqueda de incrementar las obras buenas que hagan que mi sonrisa se mantenga del tamaño de una rebanada de sandía.

Se los comparte su amigo de la eterna sonrisa

Édgar Landa Hernández.

Mi inspiración

“En cada niño se debería poner un cartel que dijera: Tratar con cuidado, contiene sueños’ (Mirko Badiale)”.

-Maestro, y ¿Usted en qué se inspira?

Me dice asombrado un pequeño de sexto año de la escuela matutina “Miguel Hidalgo y Costilla”, donde el día de hoy, compartí una charla y un cuento de mi autoría.

Sonreí como la mayor parte del tiempo lo hago. Y les compartí mi sentir.

Me inspiro en cada una de mis vivencias, estoy en cada una de las cosas que me rodean, que huelo y observo, en las que escucho y en las que me deleito tocando.

Me inspiro del aire que respiro, y aun en aquellas personas que todavía no encuentran un rumbo a donde dirigirse. Me inspiro del amor de mi madre, del agradecimiento por tener una familia y por supuesto del cariño que me profesan mis hermanos.

Me afino en el mismo tono que las cuerdas de mi guitarra y me cuelgo de los columpios que nacen en las nubes y me mecen en un vaivén sin igual; entre copas de árboles y perfume de flores. Nado en diminutos espacios, y me congratulo debajo de un chubasco.

Me escondo de todo, de nada, en lugares inhóspitos, donde busco formas y no existe ruido, donde me convierto en roca y otras veces en montaña. Me sumerjo en abismos sin final, y resurjo con alas dando vuelos circulares en el azul del cielo.

Hoy fue un día especial. Mientras les leía a los chicos mi cuento “El sueño de Cócoro” Pude observar en ellos cuánta sensibilidad brotaba. Todos atentos a la narración, sus rostros expresaban alegría, sonrisa, hasta llegar al dolor y el llanto.

Al finalizar, les pedí que me comentaran sus reacciones, siendo una pequeña, con cierta pena, nos compartía que sintió tristeza y que tenía ganas de llorar.

Fue ahí cuando me sentí feliz. Lo que siento yo al escribir, mis lectores lo viven de igual forma en la cual yo lo hago, nos volvemos un solo ser.

Mi Agradecimiento total a la Lic. Margarita Arellano, luchadora social por el respeto a las mujeres. Y enlace para con las autoridades de esta escuela que me abrió sus puertas.

A la subdirectora. Profra. Socorro Monserrat Martínez Castillo.

Al Profesor. Alfredo Román Cerecedo Reyes. (Asesor Técnico pedagógico)

Y al Profesor de 6 “B” Edgar Díaz del Ángel y su disciplinado grupo.

Se los comparte su amigo de la eterna sonrisa

Edgar Landa Hernández.

La pintura es poesía muda

“La pintura es poesía muda; la poesía pintura ciega”

(Leonardo Da Vinci)

El altar estaba situado sobre la banqueta, muy cerca de la acera contigua que da a la calle. Un árbol enorme servía de poste para soportar el emblemático objeto para ofrendar a los que se fueron. Y allí, entre las ramas más altas, una pequeña sombrilla en posición convexa para que las gotas de lluvia; si por las dudas cayeran, no hicieran mella en la obra. Una circunferencia adornada con grava y flores amarillas llamó mi atención.

Estaba a un lado del altar. Procedí a observar, y me quedé asombrado por la forma en la cual estaba elaborada. El diámetro era exacto, así como su redondez. Increíble que pareciera, toda la noche permaneció el altar así, sin que le robaran los objetos que contenía. Eso me agradó, ¡porque aún hay gente que respeta!

Mientras deleitaba mis sentidos observando cada detalle, llegó mi amigo Arturo tercero, artista plástico que tiene su taller artístico” tercer león, galería y artesanías” justo enfrente de donde se colocó el baldaquín.

Después de estrechar su mano vino una serie de preguntas de mi parte y él amablemente respondió, y me comentó que alumnos de su taller creativo eran los artífices de esta breve pero bella obra. Ellos fueron los que picaron el papel de China, así como de elaborar la circunferencia colorida que, a decir de él, es una figura que utilizaban los prehispánicos, y se le denomina greca azteca. Y representa un saludo.

Posteriormente, me invitó a pasar a su refugio, su taller de artes plásticas. Me sentí por unos minutos diferente, tal parecía que me adentraba a otro mundo, a un mundo subalterno en el cual presencié cada una de las cosas como figuras poéticas, parte de una retórica costumbrista.

Y mientras él me explicaba cada una de sus creaciones, coincidimos en que el arte es una parte de nuestras vidas. Pero se le ha dejado de dar la difusión necesaria para que nuestros jóvenes se adentren en el fantástico mundo que son las artes plásticas.

Mientras hacíamos un pequeño recorrido pude percatarme de una pintura o más bien un bosquejo de dibujo que está realizando a través de la técnica de carboncillo.

Los rasgos de los personajes, así como cada línea que realza los rostros es, a decir verdad, una obra de arte.

Calaveras creadas a través de papel maché, cuadros al óleo, así como una máscara de un fauno, fueron parte del acervo plástico que pude observar.

Me comentaba que pronto hará una exposición en la ciudad de Orizaba en donde expondrá parte de sus trabajos.

Sin más, Salí de ese lugar maravillado por poder ponderar mis sentidos y sentirme privilegiado en torno a lo que hago y me fascina que es escribir.

Me vino a la mente aquel poema de Alberto Caeiro, en donde en una de sus líneas dice

“pensar es estar enfermo de los ojos, por eso hay que apreciar y no cuestionarnos el por qué”

Se los comparte su amigo de la eterna sonrisa

Edgar Landa Hernández.

El día después

“El día después”

Los cirios languidecen trepidantemente. La cera cae sin temor a perderse. El olor a flor se disipa por doquier. Rostros enjutos y doloridos, ojos llorosos y corazones destrozados. Murmullos que comparten la incertidumbre, el dolor se atenúa entre las muestras de cariño de los deudos.

Abrazos interminables en un vaivén constante de amor, de deuda, de reconciliación.

El féretro comparte el espacio, no así el que lo habita.

Se restablece la concordia, así como los buenos deseos. Las plegarias se entonan al por mayor por el eterno descanso del que dejó de existir.

Inician los recuerdos, evocaciones de vivencias que se quedan para la posteridad.

La muerte es verdad, se ciñe a nuestros cuerpos desde que iniciamos nuestra vida.

Halo circundante que en cada paso va con nosotros. Se manifiesta, sin conciencia, de lo que el destino nos depara. Simplemente, al final nos atrapa, no hay distinciones, tanto el rico como el pobre, el bueno y el malo.

La vida es vía, es cauce.

La muerte es algo inevitable. Cuando se asoma deja indicios de su manifestación, es lágrimas, dolor y desesperanza, pero para otros es alivio. ¡Es esperanza!

¿Oh, muerte que jamás te ausentas, por qué no nos revelas tu gran misterio?, ¿por qué no nos concedes saber si es dulce tu morada?, ¿acaso temes decirnos, que como llegas te vas?, ¿qué eres cómo ese amor fugaz que tras encender la llama se consume?

Incógnitas que se vierten en el ocaso de una vida que simplemente se fue…

Edgar Landa Hernández.

*Imagen tomada de la red*

Purificando los días

Purificando los días

Los días normales no existen. Hay días que se convierten en espacios vacíos en donde nuestra capacidad de asombro se revuelve y se complementa con vivencias, sonrisas, incluso lágrimas. 

Mirando en los puestos de flores, atiborrados de cempasuñil, tepejilote y otras flores que obsequian el color de la vida, en la antesala de una muerte segura.

Los días normales son aquellos que nos brindan la oportunidad de fraguar en nuestro estado de ánimo historias que a la postre se trasladan a las hojas que no se han ocupado de contar esas historias.

¡Los días normales eso son!

Los días se visten de transeúntes vagabundos. Hambrientos de los que sobreviven a las arduas jornadas, cuando el cansancio se apodera de las mentes olvidándose de lo demás.

Del contemplar, de absorber el paisaje y engullirlo como si fuera un taco por la mañana.

Los días normales sufren transiciones, ante los necesitados, los que anhelan una esperanza teniendo solo 24 horas por destino.

Los días normales son pobres. Angustiosos momentos, peligrosos, comprometidos, precisos en su forma de atraparnos y lanzarnos en un vacío que si no nos ponemos listos nos perdemos en un hoyo negro de donde jamás saldremos ilesos.

Los días normales es más que eso. Como una hoja del almanaque desprendiéndose por error y aunque se desee no haberlo hecho, el resultado será el mismo.

Hoy vivo sin contratiempos, convirtiendo el día normal en un tiempo consumido, bebido en una copa de olvido, mientras una música de viento purifica mis sentidos.

Edgar Landa Hernández.

¿A dónde se ha ido la tranquilidad?

                                                      ¿A dónde se ha ido la tranquilidad?
El destino dicta su veredicto. Sucesos que a la postre repercuten no solo en mí, en ti, en todos. Somos uno, caos, tranquilidad. A todos nos afecta.
Hay momentos como el de ahora, mientras las notas de música me arropan haciendo placentera mi estancia frente a las teclas y expulso lo que me callo ante todos, lo que muchas de las ocasiones guardo y no comparto pensando en mil cosas, y al final ahí se quedan, como las galletas saladas en la alacena que no me gustan, pero que, sin embargo, forman parte de un todo. Ocupan un lugar en el espacio.
Hoy no fue la excepción, estaba reacio a escribir algo que en verdad quede en la mente de mis lectores y amigos, algo que no únicamente me sirva a mí. Dejaré por un momento mis árboles y mis frondas, sus flores y sus aromas.
La caricia, la retiro y la almaceno. Hoy me vuelvo a preguntar una vez más ¿a dónde se ha ido la tranquilidad?
Las noches se han convertido en música de sirenas de patrullas, de peliculescas persecuciones con fondo de percutores y balas perdidas.
Hoy mueren inocentes y los malandros son los de siempre. ¿Justicia? Vocablo que solo se encuentra en el diccionario con una definición muy alejada a nuestra realidad, es la realidad que vivimos a diario.
La violencia es una noria que no para. El destino nos ha alcanzado, como aquella cinta cinematográfica de Charlton Heston que alguna vez mi padre, siendo yo un párvulo, nos llevó a verla, y nos decía una y otra vez que solo eran interpretaciones y que no creía que jamás llegaría ese día, sin embargo, se equivocaba en sus palabras.
Y hoy lo evoco, en el hueco de las ausencias, en el sol apagado y el viento sin prisa.
Atesoro aquellos momentos en los cuales un chiflido rasgaba la noche y era hora de regresar a casa.
Todos nos conocíamos en el barrio, todos nos apoyábamos y entonces sí, había seguridad.
Nuestra tranquilidad era sentarnos en un montículo de tierra mientras la maquinaria pesada excavaba para crear la avenida Lázaro Cárdenas. (Antes circunvalación) Posterior a ello, nos mirábamos, sonreíamos y terminábamos en un abrazo logrando decirnos lo que ambos sentíamos.
Observar a un policía era verlo con respeto, no como ahora que hasta la piel se enchina y no sabemos si en verdad ellos nos brindan la seguridad que tanto anhelamos.
¿A dónde se ha ido la tranquilidad?
Archivo todo. Y cuando no duermo escucho sus consejos, mi padre se presenta en esa luz que me ha seguido a lo largo de 12 años, la que me da serenidad y esperanza. En la que tengo fe que algún día todo cambiará.
Desde aquella noche que la muerte me saludó, y con una sonrisa me dejó ir.
Se los comparte su amigo de la eterna sonrisa
Edgar landa Hernández.
 

Humor a la mexicana

“Humor a la mexicana”
El día de ayer, después de que los medios informativos compartieron la noticia de que la reina Isabel había fallecido, decenas de memes circularon por las redes sociales haciendo mofa de esto.
A pesar de las adversidades, de las contrariedades de la vida, el mexicano siempre tiene la chispa, el ingenio y creatividad para encarar la situación de un modo jocoso, con la picardía que le caracteriza sin dejar de minimizar la magnitud de las circunstancias.
El mexicano es ingenioso desde pequeño, ocurrente, se ríe de la situación, de la vida, de sí mismo y hasta de su misma muerte. El mexicano encuentra los medios necesarios para compartir su alegría, el jolgorio que le reditúa buenos dividendos en cuanto al pensar.
Además, que la sonrisa es sanadora.
Aun en las mayores desgracias el mexicano no pierde su esencia, lo mismo tiende la mano al que lo necesita, que lo hace de una forma sin igual y con una sonrisa de oreja a oreja.
El mexicano sabe que el humor desdramatiza los problemas, que a él no le hace mella la situación, él busca las alternativas para salir adelante. Aunque le esté yendo del nabo.
El mexicano ve en cada situación una forma de clarificar su creatividad y no solo en pro de él mismo, sino con los demás, el mexicano es solidario por naturaleza, se quita su camisa si a su camarada le hace falta, él hace una fiesta por ti y abraza a quien más lo necesita.
El mexicano más que su amigo eres su hermano. El mexicano le pone sabor a la vida, encuentra el sentido de su existencia y sobre todo lo comparte con sus paisanos.
El humor del mexicano es vasto, extenso, se convierte en protagonista de su propia existencia. Es y ha sido el humor y amor que mueve el corazón de los mexicanos. El mexicano si le tiras rábanos los agarra para su pozole, lo mismo un limón, él lo ocupa para echarle a su tequila.
“¡Porque es un orgullo ser mexicano!”
Te lo comparte tu amigo de la eterna sonrisa
Edgar Landa Hernández.

Cuando la gota se agote

“Cuando la gota se agote”
La incesante gota disminuye pausadamente, se convierte en un hilillo que apenas se puede contemplar. Arriba, donde nace, se contempla diferente, triste, sabe que no persistirá mucho y eso me duele a mí también.
La cascada hasta hace poco abundante, ahora solo es un tobogán que dilapida lo último que le queda, está desprovista y no precisamente de la fuerza con la que envía el cauce del líquido vital.
La gota fenece lentamente y junto con ella las esperanzas de recobrar la fuerza de antaño, cuando de una forma desmesurada irrigaba de vida el caudal enorme que hacía que se conglomeraran millones de litros del líquido transparente. Ahora solo son quimeras.
La gota se agota. Muere lentamente en la agonía de una vacilación y despilfarro de nosotros, los seres humanos, los que nos convertimos en dioses sin siquiera llegar a ser ni la más ínfima partícula comparada con el creador.
Sigo observando y todo es en vano, se cuida lo que se ve, lo tangible, pero no se actúa conforme a una sensatez de que el líquido que da vida se está agotando. La gota fenece, agoniza día a día.
La montaña hace lo propio y busca los ríos subterráneos que nutran su caudal, pero es en vano. Se busca donde ya no hay. Las cuevas y sótanos encriptados en el corazón de la tierra poco a poco se secan, al igual que las esperanzas por dejar un mundo mejor a los que vienen, el egoísmo y el orgullo se han apoderado de la humanidad.
El amor ha quedado sepultado entre miles de emociones que conciernen solo a una ambición materialista que terminará pronto. Aún es tiempo de actuar, de acatar la razón y convertirnos en héroes, rescatar y saber encausar las ideas en torno a un bienestar social. La gota se agota, pero no mis esperanzas de poder hacer algo en pro de los demás…
Edgar Landa Hernández…

Regreso a clases

Regreso a clases

Pocos niños rumbo a la escuela. Mi madre, dándome las recomendaciones que debo seguir para no contagiarme del virus. Dos cubrebocas sobre mi rostro, así como una careta que se empaña cada vez que respiro. Pero eso no me impide seguir aprendiendo. Estoy feliz, un grado más, quinto año de primaria.

-No te quites tu cubrebocas, y si te vas a tomar tu agua de limón, retírate de tus amigos, antes de comer tu tortita de huevo, lávate dos veces con este gel que te dejaré en tu mochila, después de comer también. No saludes de mano, no abraces, no te acerques a tus compañeros, siempre alza tu brazo para medir la distancia, no queremos que te nos vayas a enfermar. Ah, no te quites el escapulario de san juditas que te dio tu abue, es para tu protección.

Después de estas recomendaciones de mi madre, entro a mi escuela. ¡No hay nadie!, creo que soy el primero. Son las 7:55. A.m. Dos maestros llegan, saludan desde lejos. No logro reconocerlos, los veo bastante gorditos. Ya tenía mucho tiempo de no venir a clases. Preferiría poner mi computadora y verlos por la pantalla. Así podría dormir más tiempo.

La campana suena. En toda la escuela solo hay doce alumnos. Ocho niñas y cuatro niños. Maestros solo hay cinco, tampoco vinieron. Nos invitan a conocer nuestros nuevos salones. Huele a humedad.

El maestro nos saluda. No sabemos si sonríe o está enojado, también trae cubrebocas y su careta.

-A ver tú, ¿dime cómo te llamas? Me dice el maestro señalándome con el dedo.

-este, ¿Quién yo? Le respondo nervioso.

-Claro, te dije a ti. ¿Cómo te llamas?

-Roberto Huerta, pero mi abuelita me dice Robertito. Ella vive con nosotros.

-Muy bien Robertito, dime, ¿estudiaste durante todo este tiempo?

No sé qué responderle, me pone nervioso, los demás niños se me quedan viendo, no sé qué decir, empiezo a sudar frío, mi careta se empaña y el maestro sigue viéndome con ojos de pistola a punto de disparar. Inmediatamente, se viene a mi mente mi abuelita cuando algo le va mal y se pone a rezar, según san goloteo, versículo 3.1416, no me puedo concentrar.

Junto mis manos y digo en voz baja” padre nuestro que estás por los suelos, y re tiemble sus centros la tierra al sonoro rugir de la torre de David y la barca de oro”. De nueva cuenta, el maestro insiste:

-Robertito dime, ¿estudiaste en este tiempo de pandemia?

-Ora pior, ¿qué le contesto? Si cuando nos daba clases la maestra por videollamada yo quitaba la cámara para que no vieran que jugaba con mi celular, por eso no estudié. Si le digo me va a regañar. Ni modo, le tendré que ofrecer mi torta de huevo a ver si así me deja de preguntar y busca a otro niño para sus experimentos.

-No se asusten, no les va a pasar nada si contestan que no estudiaron, para eso estamos aquí, para ponernos al corriente y aprender, aquí iremos poco a poco puliendo los errores que se cometieron anteriormente.

Eso me hubiera dicho desde el principio, pero que ganas de torturarme con sus preguntas.

Los demás niños se presentan. El tiempo ha pasado muy rápido. Es hora del receso. Solo que no podemos salir, en nuestros lugares debemos de permanecer sentados.

No debemos de jugar ni acercarnos a nuestros amigos. Y qué bueno, porque así no le convidaré a nadie de mi torta de huevo. Por cierto, está apachurrada. Y por fin suena el timbre de salida. El maestro escribe la tarea para el día de mañana.

Debemos de buscar qué se celebra el 15 de septiembre, aunque esa pregunta ya me sé la respuesta, se celebra el grito, además se hace pozole en la casa y mis tíos compran tequila y se ponen bien borrachos, aunque luego hasta pleitos hay.

A pesar de todo, el primer día de clases me fue muy bien.

Edgar landa Hernández.