BRIGIDA CON EL SEPULCRO DEL MAR / Autpr: Javier Vitela P.

Brígida y anacleto, esos eternos enamorados que en una comunidad vivían a la orilla de un río, ellos tenían su humilde morada a la entrada del poblado, allá, por donde pasa la orilla del río, a unos cuantos metros, gente de campo de siempre. 60 años de casados ya; sin embargo Brígida en cama estaba reposando su enfermedad,
No sé sabía de su mal, con té de yerbas se curaba y con unos caldos de gallinas viejas, de las que ya no ponían.

–anacleto tápame que me entra el frescor
Del río y mal que me hace, recuerda que
El aliento del río trae el hechizo de los del
Río arriba, esos sureanos que no nos
Quieren.

— ya lo he dicho vieja, esos de río arriba se
Mueren menos que los de acá, ya hasta
Las jóvenes de acá los casan con los de
Allá para el día que se mueran los sepul
Ten allá, aquí ya no hay lugar para más.
El camposanto harto está.

Anacleto salió a esparcir unos granos de maíz a los totoles y a las pocas gallinas que les quedaba, en el patio de piso compactada de tierra regaba los granos. Las aves cuales niños cuando se rompe una piñata se arremolinan atropellandose para picar el maíz, mientras Brígida escucha las pisotadas de los animales al corretear; oye el duro grano cuando es atrapado en los picos y es un sonido seco, como el chasquido de la madera.

— escucho pocas gallinas anacleto, pisadas
Menos hoy escuché. Entre mi
Enfermedad, coyotes y el mal de las
Gallinas que les da cada año sin nada
Te quedarás Anacleto, como quiera yo
Pronto no estaré más. Todavía recuerdo
El año pasado cuando caían las gallinas
De los árboles como frutos maduros,
Azotaban en el suelo con ese sonido
Bofo que era el suspiro de la muerte.

— ay vieja Brígida, como olvidarlo, casi toda
La comunidad se quedó sin gallinas y
Luego esa vaca alambrera que se jalo
A todo el animalerío a la vía del tren,
Matazón que hizo esa bestía de fierro
Nada más se escuchó el chillido de las
Ruedas con la rieles y el jaloneo de los
Vagones y después se vió la zopitolera
Que se arremolinaban en el aire para la
Comilona, nada dejaron, solo una que
Otra crillita que lograron escapar.

Caían la noche ya, empezaban a extinguirse
Del día sus vivos sonidos para darle paso a los susurros de la noche: el río, que cual serpiente, arrastraba su ser, se escuchaba
El suave sonido de las aguas que bajaban
Discretas provenientes de río arriba, de donde los sureanos.

–cierra la ventana anacleto, me da el
Frescor y muncho es el sueño que tengo
Ya, ingratos hijos nuestros que al norte
Fueron y se olvidaron de nosotros, veces
Los sueño, que regresan con harta plata
A comprar vacas y terrenos.

–descansa ya brigida, cierra los párpados
Y apaga ya tu luz, remedio para nosotros
No hay, pobres nacimos y pobres ya nos
Vamos, consuelo tenemos de que el mal
A nadie hicimos. Duerme, arrullate con el
Susurro del río.

muy de temprano Anacleto a Brígida sostenía en sus brazos, por la orilla del río
Caminaba con la cabeza colgante de Brígida sobre su lado izquierdo, cuerpo el de Brígida sin vida ya. Anacleto se metía al agua y discretamente, con toda suavidad, depositaba a Brígida sobre esas aguas calmas, Anacleto veía el hundimiento del cuerpo de su amada, en esas claras aguas
Que la cubrían ya; en esas aguas mansas que ahora su sepulcro serán, epitafio para Brígida será el de las aguas mansas que del sur bajan para entregarse a la mar. Seguramente Brígida embalsamada de sal descansará impoluta en su sepulcro de olas
Y con letras de espuma describirán a Brígida, la enamorada del viejo Anacleto.