NIEBLA Y HASTÍO / Autor: Raúl Silva

NIEBLA Y HASTÍO

Siempre caminamos
a través de niebla,
cansancio y hastío.
Mis voces celosas
eran como coces dolorosas
de un equino bravío,
pero hablando de amor,
creo fue más limpio el tuyo que el mío.
Nuestros cuerpos
a pesar de todo,
de algún modo
siempre alcanzaban el cielo,
como dos salvajes en celo.
A veces no había razones
para nuestras discusiones
pero siempre, con sabiduría loca
tus senos, siempre callaban mi boca.

Raúl Silva.

LA MENTIRA DEL TIEMPO / Autor: Javier Vitela

EfÍmero el tiempo que necio insiste en rodar sobre el caudal de nuestras vidas;
Tiempo que de escencia humana se viste
Y se ufana de ello. Segundos de andar histérico que en liviandad flotan
En nuestro subconsciente; segundo a segundo el tiempo quiere dejar sus huellas
Tatuadas en nuestras culpas.

Tiempo amante del humano, lo seduce y lo domina. Lánguidos nos vamos entregando a el, hipnotismo enamorado
De quimeras; tiempo facineroso que a robarnos la vida juega, fantasía etérea de una intuición equivocada. Hombre que de su ignorancia el derecho se reserva para
No desconcer al tiempo;
Tiempo que nos entrampa en la telaraña
De la ilusión de una felicidad maniqueista,
Dejémosle al tiempo su creencia de que existe, no le mencionemos que es un fantasma en pena que busca reencarnar en la realidad mundana.

Tiempo impertinente que a nuestra existencia se aferra; tiempo que va y viene huyendo de la consiencia, tiempo que aprisionado por la eternidad se azota
En las entrañas del infinito, verdugo cruel
Que de arrepentimiento busca le otorguemos un indulto que sea su eutanasia.

Fragmento del libro Confieso que he vivido de Pablo Neruda / Mi primer poema


Ahora voy a contarles alguna historia de pájaros. En el lago Budi perseguían a los cisnes con ferocidad. Se acercaban a ellos sigilosamente en los botes y luego rápido, rápido remaban… Los cisnes, como los albatros, emprenden difícilmente el vuelo, deben correr patinando sobre el agua. Levantan con dificultad sus grandes alas. Los alcanzaban y a garrotazos terminaban con ellos. Me trajeron un cisne medio muerto. Era una de esas maravillosas aves que no he vuelto a ver en el mundo, el cisne cuello negro. Una nave de nieve con el esbelto cuello como metido en una estrecha media de seda negra. El pico anaranjado y los ojos rojos.
Esto fue cerca del mar, en Puerto Saavedra, Imperial del Sur. Me lo entregaron casi muerto. Bañé sus heridas y le empujé pedacitos de pan y de pescado a la garganta. Todo lo devolvía. Sin embargo, fue reponiéndose de sus lastimaduras, comenzó a comprender que yo era su amigo. Y yo comencé a comprender que la nostalgia lo mataba. Entonces, cargando el pesado pájaro en mis brazos por las calles, lo llevaba al río. El nadaba un poco, cerca de mí. Yo quería que pescara y e indicaba las piedrecitas del fondo, las arenas por donde se deslizaban los plateados peces de sur. Pero él miraba con ojos tristes la distancia.
Así cada día, por más de veinte, lo llevé al río y lo traje a mi casa. El cisne era casi tan grande como yo. Una tarde estuvo más ensimismado, nadó cerca de mí, pero no se distrajo con las musarañas con que yo quería enseñarle de nuevo a pescar. Se estuvo muy quieto y lo tomé de nuevo en brazos para llevármelo a casa. Entonces, cuando lo tenía a la altura de mi pecho, sentí que se desenrollaba una cinta, algo como un brazo negro me rozaba la cara. Era su largo y ondulante cuello que caía.


Así aprendí que los cisnes no cantan cuando mueren.
El verano es abrasador en Cautín. Quema el cielo y el trigo. La tierra quiere recuperarse de su letargo. Las casas no están preparadas para el verano, como no lo estuvieron para el invierno. Yo me voy por el campo y ando, ando. Me pierdo en el cerro Ñielol. Estoy solo, tengo el bolsillo lleno de escarabajos. En una caja llevo una araña peluda recién cazada. Arriba no se ve el cielo. La selva está siempre húmeda, me resbalo; de repente grita un pájaro, es el grito fantasmal del chucao. Crece desde mis pies una advertencia aterradora. Apenas se distinguen como gotas de sangre los copihues. Soy sólo un ser minúsculo bajo los helechos gigantes. Junto a mi boca vuela una torcaza con un ruido seco de alas. Más arriba otros pájaros se ríen de mí con risa ronca. Encuentro difícilmente el camino. Ya es tarde.
Mi padre no ha llegado. Llegará a las tres o a las cuatro de la mañana. Me voy arriba, a mi pieza. Leo a Salgari. Se descarga la lluvia como una catarata. En un minuto la noche y la lluvia cubren el mundo. Allí estoy solo y en mi cuaderno de aritmética escribo versos. A la mañana siguiente me levanto muy temprano. Las ciruelas están verdes. Salto los cerros. Llevo un paquetito con sal. Me subo a un árbol, me instalo cómodamente, muerdo con cuidado una ciruela y le saco un
pedacito, luego la empapo con la sal. Me la como. Así hasta cien ciruelas. Ya lo sé que es demasiado.
Como se nos ha incendiado la casa, esta nueva es misteriosa. Subo al cerco y miro a los vecinos. No hay nadie. Levanto unos palos. Nada más que unas miserables arañas chicas. En el fondo del sitio está el excusado. Los árboles junto a él tienen orugas. Los almendros muestran su fruta forrada en felpa blanca. Sé cómo cazar los moscardones sin hacerles daño, con un pañuelo. Los mantengo prisioneros un rato y los levanto a mis oídos. ¡Qué precioso zumbido! Qué soledad la de un pequeño niño poeta, vestido de negro, en la frontera espaciosa y terrible. La vida y los libros poco a poco me van dejando entrever misterios abrumadores.
No puedo olvidarme de lo que leí anoche: la fruta del pan salvó a Sandokán y a sus compañeros en una lejana Malasia. No me gusta Búfalo Bill porque mata a los indios. ¡Pero qué buen corredor de caballo! ¡Qué hermosas las praderas y las tiendas cónicas de los pieles rojas! Muchas veces me han preguntado cuándo escribí mi primer poema, cuándo nació en mí la poesía.

EL BOSQUE DE LAS LUCIÉRNAGAS / Autor: Javier Vitela P.

bosque perfumado de tierra húmeda y coloreado de verde vivo. Lugar de encanto
Natural, colgantes en sus puntas las hojas tenían gotas de impio cristal de agua, impoluta la atmósfera que se inspiraba;
Gruesos troncos de árboles centenarios
Que defienden su dignidad, manantiales de frescas aguas bendicen la fertilidad de aquel bosque encantado, a lo alto se bosqueja un cielo del azul turquesa con nubes rechonchas a punto de llorar.
Paraiso terrenal aquel, con sus luces de noches de traviesas luciérnagas que intermitentes se iluminan para luego desaparecer y reaparecer en otro lugar
Con sus fluorescencias, cuerpo el de ellas de harta luz que pareciera que van a reventar, de la noche son; miles de ellas habitan en la oscuridad, el bosque se viste de brillantina con ellas.

Flotan en el aire quieto que las contempla
Y juguetea con ellas. Duermen de día y a sus lucen extinguen, al igual la noche dormita y se expande en el infinito para en la noche regresar más oscura y profunda todavía, y las luciérnagas más brillantes lucen su luminiscencia al ver a la noche mas azabache, noche a noche cada vez más.

LIENZO DÉRMICO / MARICARMEN DELFÍN DELGADO

Portal Cultural Los escribas

Definir la belleza resulta difícil ya que es la percepción individual la que reconoce y define este concepto, lo que para alguien es bello para otro no lo será, es cuestión de gustos, preceptos, cánones, sensibilidad y formación. Actualmente, entre tanta diversidad de pensamiento y de modos de vida, este concepto ha variado, no es una generalidad, pero se perciben en algunos sectores de la población ciertos cambios y despreocupación por la apariencia personal, siguiendo modas o filosofías individuales o colectivas, distinguirse y remarcar su individualidad y personalidad.

El tatuaje ha surgido con gran éxito entre la población joven principalmente, cada vez es más frecuente ver cientos de figuras sobre gran parte de la piel, con múltiples tamaños, colores y diseños que van desde lo discreto hasta lo grotesco. Esta moda es una costumbre añeja ya que se practicaba desde la prehistoria, teóricamente con un valor mágico y místico; un…

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