El valor de la amistad

                          Del anecdotario

                     El valor de la amistad

¡Rápido, apúrense, el compadre Erasto se está ahogando! Gritaba desesperada mi madre. Lo que en un inicio vislumbraba una convivencia familiar feliz, se transformaba en una macabra escena de terror. 

Las mujeres se llevaban las manos a sus rostros, las lágrimas daban inicio a escribir dentro de una situación que no estaba contemplada en el libreto de aquella mañana, en un lugar denominado Ídolos, muy cerca de la capital del estado.

 El afluente de agua era inmenso, la corriente era fuerte y el cuerpo del compadre Erasto era arrastrado al fondo sin acaso poder salir a flote, aunado a su condición debido a la ingesta excesiva del alcohol y comida. 

Los niños éramos meros espectadores. Hasta que mi padre, armándose de valor y valentía, arrancó una gran vara, la tomó en una de sus manos y se zambulló en el agua. Su brazada era cautelosa, sabía que no debía acercarse mucho a su compadre, porque de lo contrario, trataría de asirse a mi padre provocando el ahogamiento de los dos. 

No recuerdo qué tiempo pasó, pero los minutos se hacían eternos, hasta que, los dos salían del agua con dificultad. El cuerpo del compadre Erasto era acomodado en una pequeña porción de pasto, mientras que mi padre, se llevaba sus manos a sus rodillas, se encorvaba tratando de recuperar las fuerzas perdidas. Por un momento todo fue confusión, alegría, hubo de todo. 

Posteriormente, ya recobrando el sentido, El compadre, volvía el estómago y no solo eso, regresaba a la cordura que, por culpa de su inconsciencia estuvo a punto de provocar una desgracia. 

Mi padre le había salvado la vida, no solo a su compadre, sino a su amigo. Al que tantas veces escuchó consejos de mi progenitor referente a que dejara la copa, ya que le traía únicamente problemas con su familia.

“El compadre Erasto” como mi familia le decía, era una persona de buenos sentimientos, lamentablemente el alcohol lo había hecho su presa.  Él vivió una temporada en una vivienda que mis padres le arrendaban, convirtiéndo así en su inquilino y sobre todo su amigo. 

Después de aquel pasaje que jamás olvidé, aprecié y supe comprender el verdadero sentido de la amistad. La amistad es una valía esencial y ocupa una categoría muy alta en nuestra progresión hacia la felicidad.

Los amigos son aquellas personas con las que compartimos la vida, los buenos momentos, las alegrías y las derrotas y, lo que es mejor, las que nadie está dispuesto a compartir. 

Hubo muchas anécdotas más que me hicieron aprender y sobre todo valorar lo que es la vida referente a las acciones de mi padre, siempre encausado a hacer el bien sin condición. 

Se los comparte su amigo de la eterna sonrisa

Édgar Landa Hernández.