POLVOS DE ARROZ / Maricarmen Delfín

La fécula del arroz se utiliza desde siglos atrás en la elaboración de productos cosméticos. El polvo de arroz comenzó a utilizarse en Francia a principios del siglo XX para disimular las imperfecciones de la piel y su uso se extendió por el continente americano.

También a mediados de la segunda década del siglo pasado nació en la ciudad de Xalapa Sergio Galindo, prolífico escritor, quien fue el primer director de la editorial de la Universidad Veracruzana en 1957, siendo apenas un joven de 23 años, a la par fundó y editó la revista La Palabra y el hombre.

Por sugerencia del escritor Álvaro Mutis recibió el manuscrito Los funerales de la Mamá Grande de Gabriel García Márquez, quien tenía unos cuantos meses de haber llegado a México, sufría problemas económicos y su situación no era de lo mejor, falló como la había planeado; con pocas posibilidades de hallar un trabajo que le permitiera salir adelante, su proyecto de escribir guiones para cine no despegaba. Álvaro Mutis había entablado una buena amistad con la familia García Barcha, los invitó al puerto de Veracruz para distraerlo de su difícil paso por México y la nostalgia por la ausencia del mar, aquella visita resultó fundamental para los sentimientos que desarrolló García Márquez hacia el país, pero también para hallar una luz en el camino.

Sergio Galindo recibió el manuscrito de Los funerales de la Mamá Grande, cuya publicación le dio cierto aire a Gabo, recibió mil pesos como anticipo, lo que contribuyó a pagar la renta y algunos artículos domésticos para la casa ya que vivía en unas condiciones muy precarias.

Sergio Galindo fue uno de los más importantes escritores xalapeños del siglo XX, su primera novela publicada se dio en 1958, Polvos de arroz, con más de medio siglo pero con una vigencia extraordinaria dentro de esta sociedad multicultural en donde conviven las vanguardias sociales, con la tradición y sus valores dentro de las relaciones humanas, que involucran la amistad, el amor, la familia, la convivencia entre generaciones.

Esta novela corta cuya protagonista es la mismísima tristeza, encarnada en una mujer, Camerina, que descubre lo banal de su existencia: Julia, no sabes lo que es vivir como he vivido, estaba como muerta”.

Cuando ya no es posible desandar el trayecto, Sergio Galindo con la maestría que siempre le caracterizó para hace llegar al lector la intención de sus mensajes, esta reflexión es la primera que mostraría a lo largo de toda su obra, nos presenta uno sutil pero directo, claro, contundente: hay que disfrutar la vida y procurarse la felicidad antes de que sea demasiado tarde…

El autor detalla el infausto peregrinar de esta mujer entre cuatro paredes,  a quien despierta de su perenne letargo la aparición de un amor a deshoras, y de su hermana, a las que su padre tachaba como “un par de niñas tontas”, ellas no habían tenido otro desahogo en la vida que ir a misa o al mercado. Galindo nos ubica en la época en que la vida corría con una lacerante lentitud interminable, llegando a temer el más ligero cambio, se podía esperar muchos años, muchos, sin apremio, por eso, sin duda, nunca hablaban de política y trataban de evitar cualquier comentario que les hiciera comprender que la vida llevaba otro curso, lleno de cambios que podían afectar el eterno letargo.

Tras el título, que hace alusión al cosmético utilizado para blanquear la piel, subyace el conformismo de vivir, la imposibilidad de enmendar el destino, cuando Camerina llega a la gran ciudad para ir en busca de su enamorado, mucho más joven que ella, visita un gran negocio al lado su sobrina quien le pregunta por qué no cambia los polvos por un cosmético moderno, duda pero se decide por los habituales polvos de arroz, dejando ver la vida sin alteraciones sustanciales.

La protagonista, víctima y verdugo de sí misma, admite su amargura cuando su joven enamorado, al que conoce solamente por carta, le pregunta si antes ha experimentado la dicha, ella responde: “No puedo decirte que he sido feliz, porque he descubierto que la felicidad, si existe, debe ser algo por lo que se lucha mucho y se hacen cosas malas”. Una importante reflexión en donde lo único seguro, y que hasta ese momento ha encontrado en su vida, es un destino simple y lo único que podía alterarlo es la propia muerte.

Al darse cuenta de la imposibilidad de conquistar a un veinteañero y vivir un disparatado amor senil, Camerina Rabasa claudica, quiere morir, caer en lo profundo, en lo hondo donde ya nada suceda, no saber que tenía setenta, setenta ridículos años.

Sin caer en extremos sentimentaloides o caricaturescos, Galindo, virtuoso del arte de escribir, transmite al lector ternura y lástima por una mujer anciana y obesa que no puede recuperar el tiempo perdido y sólo espera el final, y le envía, al mismo tiempo, un guiño de alerta, una recomendación que será tan útil dentro de mil años como lo fue hace media centuria, querer, desear y poder, en donde el personaje central de la novel corta se describe como una mujer reprimida llena de deseo, que quiere al hombre y no puede lograr el objeto prohibido, lo profundo de la soledad que se pierde en su propia obscuridad, las ilusiones de vida nunca cumplidas, los sueños quebrados, las pasiones ocultas jamás experimentadas, la ilusión de lo que pudo ser pero que no volverá.

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