LA DULCE VIDA/ Maricarmen Delfín Delgado

Uno de los grandes placeres de la vida es comer y, sobre todo, comer lo que nos gusta, disfrutar los sabores, salivar al sentir un toque salado o con el débil pellizco que produce el dulce en nuestra lengua, acompañado por el apapacho de las glándulas salivales, en ocasiones por gula y en otras por hedonismo. Diversos estudios de los especialistas en temas de salud, concluyen que la comida tiene influencia en estados de ánimo como depresión, ansiedad, enojo; la ingesta de alimentos que contengan hidratos de carbono simple como el azúcar propicia que el cerebro genere dopamina, la hormona de la felicidad.

Las golosinas son un manjar delicado y pequeño generalmente dulce, para dar gusto al paladar por deseo, ansia, anhelo o hambre, como necesidad por satisfacción más que por apetito. La palabra “golosina” deriva del latín gulosus (glotón, tragón) y sufijo ina (sustancia, materia). Algunos historiadores afirman que surgieron por la necesidad de un alimento ligero que proporcionara energía en los viajes largos.

Los primeros alimentos dulces como golosinas fueron hechos con pulpa de frutas, semillas y miel, en la antigua Grecia preparaban sus dulces con cereales pulverizados moldeándolos en diversas formas. Fue en la India (4500 años a.C.) dónde se extrajo el azúcar de la caña y con ésta se inició la elaboración de caramelos y golosinas.

La palabra “caramelo” proviene de canna melis, caña de miel, finalmente llamada caña de azúcar, que antiguamente se cotizaba muy alto ya que aportó mejores técnicas en la cocina y en la repostería. En la Edad Media a cualquier producto con exceso de dulce se le consideraba como droga y solamente los reyes y mercaderes adinerados tenían acceso a ellos. El primer país que produjo caramelos a nivel industrial fue Estados Unidos alrededor de 1850, al iniciar 1900 esta industria se extendió a otros países.

Fue Hernán Cortés quien trajo la caña de Cuba a la Nueva España, para sembrarla en San Andrés Tuxtla, Veracruz, donde años más tarde se fundaría un ingenio; posteriormente se establecen algunos más en el centro del país, el mismo Cortés tuvo dos tiendas en la Ciudad de México donde vendía el producto procedente de los sembradíos de caña. La producción se inició con la espumilla, la panela, el piloncillo, el mascabado, y ya refinada el azúcar la hechura de dulces, confites y alfeñiques.

A la llegada de los españoles, los pueblos originarios siguieron dando importancia a su gastronomía, recetas e ingredientes que sorprendieron a estos intrusos y a los evangelizadores dejando registrado en sus crónicas anécdotas donde mencionan el cacahuazintle, el pinole, los tamales dulces, las galletas de maíz con miel, entre otros.

Los mexicanos somos dulceros, nuestro país ocupa el segundo lugar en América Latina como consumidor, 4.5 kg por habitante anualmente, y circula entre el quinto y sexto al nivel mundial, por ser heredero de la tradicional cocina indígena, árabe, española, africana, francesa, italiana y asiática, somos producto del gran crisol del mestizaje, con una  cultura multiétnica y multicultural, amante del adorno, del color y del sabor, amalgama de generaciones ancestrales, mezcla enchilada y agridulce, suave y fuerte a la vez.

México ha enriquecido al mundo con el cacao, la vainilla, cereales, especias y hierbas desconocidas en otros continentes, el maíz, el frijol, el nopal, por citar algunos tesoros originarios, insumos necesarios para la confección de exquisitos manjares. A la par alagamos la vista y el paladar, adornamos con mucho color los sabores, los dulces tradicionales mexicanos son un verdadero arcoíris de llamativos y atractivos tonos. Frutas cristalizadas, garapiñados, chocolates, mazapanes, palanquetas, turrones, jaleas, gorditas de piloncillo, natillas, capirotadas, frutas en almíbar, arroz con leche, chongos zamoranos, natillas, tamales de dulce, cocadas, alfajores, macarrones de leche, muéganos, ates, merengues, puros de camote, jamoncillos, obleas, glorias, gaznates, dulces de anís, duquesas, rollos de guayaba, buñuelos, pirulís y calaveritas de chocolate y azúcar.

El chicle es una goma que se obtiene de la corteza del árbol de chicozapote, su origen es prehispánico, la civilización maya lo usaba para limpiarse la boca antes de las ceremonias, mitigar la sed en época de calor y aumentar la salivación; su raíz es maya del vocablo sicté  que significa “masticar con la boca”, y del vocablo náhuatl chictli “pegar”. Fray Bernardino de Sahagún refiere que las mujeres adultas mascaban en secreto el tzictli con axin, un ungüento amarillo hecho con huevecillos de insectos, para limpiar los dientes.

El presidente Antonio López de Santa Anna acostumbraba traer en su bolsillo un panecillo de chicle del cual mascaba pequeños pedazos constantemente, gracias a él esta golosina es exitosa en todo el mundo, la relación de amistad y de comercio que mantenía con el estadounidense Thomas Adams propició que éste se interesara por ponerle sabor y azúcar a la goma que inicialmente no los tenía, así nació lo que hoy se conoce mundialmente.

La globalización y la creciente interrelación mundial en la que estamos inmersos ha generado el consumo de productos y alimentos industrializados, dejando atrás lo que tradicionalmente comíamos, lo que las madres y las abuelas preparaban, estamos perdiendo un valioso legado gastronómico. Tratemos de recuperarlo.

Bien lo dice el canto popular mexicano:

Echen confites y canelones pa´ los muchachos que son muy tragones,

ándale Juana no te dilates con la canasta de los cacahuates.

¡Y a disfrutar la dulce vida!

Imagen: Internet, Dulces típicos mexicanos en Pinterest.

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