NATURALEZA INEVITABLE/ Maricarmen Delfín Delgado.

  Si, inevitablemente ambas están fuertemente tomadas de la mano, detrás de la vida se encuentra la muerte, dualidad que atemoriza, realidad que inconforma; la naturaleza nos creó frágiles y sensibles, sin embargo, la aceptación nos fortalece. Desde épocas remotas el humano se ha enfrentado a todo tipo de pérdidas afrontando y resolviendo la situación. En la edad de piedra ya se tenía conciencia de este fenómeno natural, comprobado con el hallazgo de sofisticados entierros para cada miembro de la familia: niños, adultos y ancianos, en el fondo de cuevas que finalizaban en pozos profundos.

Existen rituales variados dependiendo de la cultura y la época para tratamiento a los cadáveres: el sepulcro, la cremación, lanzar el cuerpo al mar, la promación, como métodos aceptados por las sociedades. En cuanto a la conservación se ha practicado embalsamar y emparedar, así como el envasado en solución de formol.

Se han encontrado restos depositados en ollas y vasijas, en los famosos sarcófagos, en sudarios, en urnas funerarias en las culturas mesoamericanas, pero mayormente en ataúdes que hasta nuestros días son utilizados en casi todo el mundo, pero debido al alto índice poblacional se ha incrementado el uso de urnas especiales para guardar las cenizas resultado de una cremación. Después de un cierto periodo de haber sepultado un cuerpo se extraen los huesos o restos humanos para depositarlos en los osarios, cuando ya no existe ningún rastro físico el recuerdo se inmortaliza con el cenotafio.

El ataúd se crea con la idea de proteger el cuerpo de agresiones externas, de la dispersión de los restos óseos, para conservarlo lo mejor posible hasta la descomposición, pero principalmente, como forma de respeto a la persona fallecida. La palabra es de origen árabe que significa caja o tumba, se fabricaban de piedra pulida y grabada en el antiguo Egipto y por los Celtas, posteriormente de madera con diferentes formas y acabados, como silueta humana, como rombo, ovalados, cuadrados, de cristal, rústicos, con barniz, de colores; también los hay metálicos.

El féretro suele confundirse con el ataúd, éste es de forma hexagonal y termina en punta por lo tanto la parte que resguarda las piernas y los pies es más estrecha que la parte que sostiene los brazos y el torso. El féretro es rectangular y ancho, mas alto en el interior, es un giro moderno del ataúd, está acolchado y forrado, con una tapa dividida en dos secciones que permite ver el rostro del fallecido y parte del pecho. Ambos tienen “tiradores” de metal en los lados para facilitar el transporte.

En la Antigüedad se le llamaba féretro a la sandápila, una especie de lujosa camilla donde trasladaban a los difuntos hasta el lugar de la sepultura, tumba o túmulo. La modernidad y el capricho han implementado formas extravagantes de recipientes donde se guardan las cenizas humanas como colgantes en forma de cuarzo, relojes de arena, medallones, jarrones, collares, por mencionar algunas.

Mis abuelos fueron dueños de una de las primeras agencias  de funerales en Xalapa en los años 40, con un amplio surtido de ataúdes o “cajas de muerto” (como se conocían en aquellos años) abastecían las necesidades de los deudos, los metálicos los compraban en Monterrey y posteriormente en Puebla; las cajas de madera se fabricaban  en el taller de carpintería ubicado al fondo del antiguo caserón de mis abuelos por dos trabajadores, para vestirlas estaban dos señoras que cosían largos tramos de tela brillosa llamada “charmés”, la drapeaban y posteriormente las “tapizadoras” pegaban cada pieza dentro y alrededor de éstas con pequeñas tachuelas.

Mi madre recuerda que en el piso superior de la agencia se “preparaba” el cuerpo del fallecido con sales especiales y cubriendo con gaza y algodón sus orificios, posteriormente se llevaba en la carroza funeraria hasta su casa para ser velado durante dos días, como era la costumbre o tradición, para finalmente regresar y conducirlo hasta el cementerio. Pocas personas eran veladas en la funeraria. Así era en la Xalapa de antaño.

Imagen: Internet, Ataúd Blanco obra de Oswaldo Guayasamín.

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