Días de terror / Ma. Rosario Ortiz

 Día soleado, la cita con el Dr. Humberto Silva a las 12:00 hrs. Para la consulta de mi esposo Gabriel, primera sorpresa, al Dr. que lo caracteriza su caballerosidad, evita el saludo de mano disculpándose con una reverencia y preocupación:  De hoy en adelante eviten saludar de mano o beso, la epidemia nos alcanzará, usted más que nadie se debe cuidar no puede contagiarse de COVID-19 pues las personas diabéticas son vulnerables. Se interna para su cirugía, aquí están las recomendaciones:  en dos días se llevará a cabo, dándome una lista de análisis y el nombre del Hospital y la hora en que se internará.

 Eso no es creíble eso pasa en China, no creo que llegue a México. Tres días después la visita del Dr. Al Hospital: Su cirugía fue un éxito, al pagarle sus servicios se pone un guante, recibe el dinero lo cuenta y me parece exagerada su actitud, No sabemos si este dinero llegó de China. Me retiro tengo un paciente muy grave internado viene del extranjero y temo que no resista, es el primer caso, y me tocó a mí.

Atender a Gabriel con sus dolencias, no tuve tiempo de ver noticias entre el traslado a casa y hospital pasé unos días muy apurada, trabajando, dializando, curando, ayudando a bañarse y sus alimentos.

Las noticias internacionales dicen China se contagia de coronavirus, no existe cura: España, Francia, Italia Estados Unidos, miles y miles de contagios, más muertos. En México la radio dice: “QUEDATE EN CASA” si tienes dolor de cabeza, dolor de cuerpo, temperatura y no puedes respirar, acude al Hospital más cercano Mi mente comenzó a dar vueltas preocupada por el prójimo lejano, si se contagió una persona y es tan potente el virus pues se contagiaría toda la familia y morirían todos y ¿de dónde sacarían tanta medicina?, cuantos médicos y enfermeras necesitan y los que los trasladan y los de limpieza ¡Oh Dios que está pasando!.   ¿Será una guerra biológica? No lo creo pues cuando el otro país conteste que nos espera, Dios no lo permitas, se extinguiría el ser humano. Nueva York, tiene más de mil defunciones al día, ¡Oh mi Dios! Es un virus demoniaco se burla al ser invisible para que nos asustemos.

3:30 de la madrugada mi rutina: me levanto a trabajar, enciendo mis parrillas en cuatro cacerolas.

Pongo suficiente manteca mucha cebolla, mientras se sazona la cebolla, lavo ropa o trastes. Mi hijo Alejandro se levanta sube a mi cocina y me ayuda a apachurrar mis frijoles, los empacamos, los tapamos se entregan al repartidor sigo mi rutina en las labores de hogar.

Sigue creciendo la pandemia invade otros países, México da inicio a la información concluyendo: cuídate si tienes más de 60 años, los hipertensos, obesos, problemas cardiacos y embarazadas, como medida de precaución QUEDATE EN CASA, quédate en casa y quédate en casa, Estados Unidos también, qué terror, más agresivo el virus.

En mi rutina, se levanta Alejandro intenta ayudarme, pero lo veo callado y cansado, cuando el repartidor se retira, lo invito a desayunar, no quiere.

 Me dice, mamá no te asustes, pero me siento mal ya tengo temperatura: se encierra en su recamara, comienza hacer llamadas informa que su dolor de cabeza comenzó hace dos días y su fiebre anoche: son los síntomas del COVID-19 mis labios pierden seguridad, las piernas me tiemblan, respiro profundo me tranquilizo doy de desayunar a Gabriel, no tengo hambre mi saliva esta seca amarga, me quedo en la cocina, pienso si Gabriel es vulnerable, seguro ya se contagió, pero si Alejandro no pudiera respirar, tendré que llevarlo al ISSSTE, y Gabriel a Misantla, ¿ avisaré a mis hijos? Espera serénate, en mi mente el negocio rueda por los suelos, decido cancelar el reparto, hago reunión de trabajadores: por contingencia no se presenten a trabajar, mañana yo trabajo y retírense desde ahorita, es mejor que nadie se entere, los vecinos me lincharan si hay brotes de la enfermedad en las fuentes, Dios no puede ser, si aviso a mis hijos no podrán venir expondrían a sus familias, si dejo que se lleven a Gabriel, trasladaríamos el virus a Misantla, me siento acorralada, mi cabeza crece siento que explota, mis pies y manos inseguros, camino torpe, ofrezco agua de fruta fría  a mi hijo, me dice que no abra la puerta que lo deje dormir, no te expongas, escucho en el radio quédate en casa, ¿Qué hicimos mal? Tal vez en el trayecto de Altotonga el autobús, el silencio de Gabriel ni me ayuda ni me inquieta sino todo lo contrario, transcurre el día: 8:30 pm. Llamo a Gabriel ¿Qué hacemos informo a los hijos Carlos vendría por ti para llevarte a Misantla, o te llevo a la otra casa y me quedo a cuidar a Ale, pero tú te quedarías a dormir solito, como vez? Me dice que mejor se queda en la otra casa. Da inicio la mudanza, dejo a Gabriel, invito a mi hijo a cenar no quiere nada, nuevamente me dice que no habrá la puerta. Quiere algo fresco, en un mensaje vi que tomar agua de limón con carbonato era bueno, me acordé y eso le di, me dispongo a dormir, pero quien puede dormir en tal situación, una noche de terror.

Señor mi Dios dame fuerza para ponerme de pie, pregunto ¿cómo amaneciste? Le digo, ya está mucho mejor ya no tiene temperatura, no le duele la cabeza, pero hay que tener todos los cuidados, avisó en el trabajo que esta enfermo, tiene que ir al ISSSTE su director hará el trámite para que le practiquen el examen. Volví a darle agua de limón con carbonato, seguimos el protocolo de cuidados. No puedo creer que un virus sea capaz de poner en jaque una persona, una familia, un país y al mundo entero. No puedo tranquilizarme mi estomago se inquieta con cualquier información, con solo salir a la calle. Me asusto, y el negocio me reclama no puedo dejar de trabajar, mi salud mental está en riesgo intento solucionar, reinicio mi trabajo reduciendo personal por seguridad de transitar por la casa, entonces la carga de trabajo recae sobre mí, Gabriel intenta ayudarme, esta convaleciente, hace lo que va pudiendo.

Los días transcurren sigo sin recuperarme: busco cosas bellas que recordar, leer o escribir, no llegan las ideas, en el susto y el gusto de que fuera una falsa alarma: recuerdo como anécdota, un vestido que estrené cuando contaba con 6 años color amarillo con florecitas de colores, cuando lo estrenaba para salir a misa dijo mi mamá que me cuidara mi ropa, tome un mango mientras me lo comía, manche mi vestido, me asuste mucho por la regañada de mi madre, y cuando busque la mancha no se veía,  pues eran del mismo color, ¡por fin supe! Falsa alarma, la risa regreso a mis labios el recuerdo de mi infancia selló la angustia. Ahora da comienzo mi alivio y pude escribir mis días de terror.

María del Rosario Ortiz

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