AQUEL NIÑO ZAPOTECO /Maricarmen Delfín Delgado

Al Presidente Benito Juárez García

En el 148° aniversario de su fallecimiento

En cada poblado plantado en la llanura, en la montaña, en los valles,  junto al río o en la costa, inmerso en la selva o en la árida tierra del desierto, se encuentra algún niño indígena jugando con bártulos improvisados de caña, barro o raíces que su necesidad convertirá en el elemento que la cubra. En este su mundo, sobreviven combinando el juego con el trabajo, aprendiendo de sus padres, de sus abuelos, de toda la familia el ancestral oficio que los ayudará a sobrevivir durante su ya desventurada vida.

Vida ruda e inocente instruyéndose en  sus labores y como parte importante de su identidad, también como juego aprenden sus tradiciones formándose como danzante, músico o guía espiritual de su pueblo, dando continuidad a su cultura. Niños rarámuris corriendo con sus pies alados sobre su áspero territorio, niños hñahñu cazando aves y rescatando la tradición oral de los acertijos y las adivinanzas. Con sus  finas manos  las niñas purépechas se preparan en la alfarería, la elaboración de muñecas de trapo es parte de la formación en las niñas tzeltales, tzotziles y mazahuas, las lacandonas  crecen formando collares de semillas y las mixtecas de hábiles dedos tejen la palma.

En las comunidades indígenas, a diferencia de la forma de vida de las sociedades occidentalizadas, los niños asumen papeles sociales, económicos y rituales a muy corta edad, donde casi de manera obligatoria se integran a las actividades  tanto religiosas como de subsistencia. Nahuas, otomíes, coras y huicholes son llevados a cacerías organizadas por adultos para después poder convertirse en danzantes.

Pero su andar por este mundo no solo es jugar, trabajar y aprender de sus tradiciones, como todos los infantes necesitan alimentarse para poder desarrollarse y crecer, necesitan vestir y además estar protegidos y ser respetados en sus derechos fundamentales. En cuanto a su salud es muy triste ver su condición.

La instrucción académica es otro punto esencial en su formación y en el cual están en el abandono total, sin la posibilidad de tener las armas que la educación moderna les puede dar para salir de la pobreza y la ignorancia.

En 1992, México reformó el artículo 4 de su Constitución para incluir la definición del país como multicultural y plurilingüe. Este paso constituyó un reconocimiento fundamental de la población indígena en un país que durante años intentó lograr la unidad nacional mediante la mezcla y el intercambio cultural, sin embargo no ha sido suficiente para mejorar el cumplimiento de los derechos de las niñas, los niños y los adolescentes indígenas que constantemente sufren de discriminación en todos los aspectos de su vida. Se trata de una situación preocupante, indignante y lacerante que necesita del compromiso de todos los sectores de la sociedad mexicana para cambiarla.

En el siglo XIX los Institutos de Ciencias y Artes, las escuelas primarias laicas y las escuelas normales lancasterianas propias del proyecto liberal, al igual que las instituciones de enseñanza religiosa a cargo de los conservadores, se dedicaban a difundir una variedad de opciones educativas donde los indígenas no ocupaba un lugar determinado.

La realidad era bastante dolorosa sobre la situación  que padecían estos pueblos, los cuales estaban sujetos a la más cruenta desigualdad económica y discriminación social, la mayor parte de los indígenas estaban sometidos por los criollos  dueños de las haciendas donde los hacían trabajar de una forma cruel y despiadada, explotándolos al grado que se alegran al ver morir y lloraban al ver nacer a los suyos.

Se consideraba al indígena mexicano como una persona inepta para la escuela, a quien no se le podía enseñar porque era incapaz de aprender, mientras que al español , al criollo y al mestizo se les daban todas las facilidades para su educación quedando en condiciones superiores, poniendo obstáculos a los indios para que no pudiera asistir a la escuela.

En nuestro país, los infantes indígenas han sufrido vejaciones,  hambre, pobreza y discriminación durante siglos y han sobrevivido gracias a la fortaleza de su espíritu.

De igual manera, nuestro niño zapoteco tuvo que sortear las adversidades y luchar por salir de la mediocridad, dejar su pueblo en donde no existía otra cosa que no fuera  pobreza e ignorancia, donde solo hablaba su dialecto y trabajaba en el campo sin la menor posibilidad de prepararse para una vida mejor, cargando con la tristeza de la orfandad.

Su tenacidad y deseo por el saber fueron  el ariete que lo lanzó hacia nuevos horizontes, aventurándose con solo doce años de edad y  llegar a la media noche a la ciudad que lo adoptaría cambiándole la vida y el futuro, no sólo para él, también  para todos los mexicanos.

El cobijo y apoyo de un monje franciscano fueron los primeros pilares para su formación, a quien recuerda con cariño en la carta que escribió para sus hijos mencionando:[…]Vivía entonces en la ciudad un hombre piadoso y muy honrado que ejercía el oficio de encuadernador y empastador de libros. Vestía el hábito de la Orden Tercera de San Francisco y, aunque muy dedicado a la devoción y a las prácticas religiosas, era bastante despreocupado y amigo de la educación de la juventud. Las obras de Feijoo y las epístolas de San Pablo eran los libros favoritos de su lectura. Este hombre se llamaba don Antonio Salanueva quien me recibió en su casa ofreciendo mandarme a la escuela para que aprendiese a leer y a escribir.”[…]

Su condición de indígena lo hizo víctima de discriminación y maltrato, la desigualdad con la que se impartía la educación etiquetaba a los niños ricos como alumnos decentes, relegando a los niños pobres a un lugar inferior. Juárez menciona en otra parte de su carta: […]“Llegada la hora de costumbre presenté la plana que había yo formado conforme a la muestra que se me dio, pero no salió perfecta porque estaba yo aprendiendo y no era un profesor. El maestro se molestó y en vez de manifestarme los defectos que mi plana tenía y enseñarme el modo de enmendarlos sólo me dijo que no servía y me mandó castigar. Esta injusticia me ofendió profundamente no menos que la desigualdad con que se daba la enseñanza en aquel establecimiento” […].

Al paso de los años el destino se empeñaba en hacerlo desistir de su ideal de formación académica, maltratos y humillaciones tuvo que pasar junto a otros semejantes. Al triunfo de la Revolución el Partido Liberal fundó el Instituto de Ciencias y Artes, atacado y difamado por el clero, donde don Benito ingresó viendo en esta institución la posibilidad de una formación académica que le garantizara un futuro decoroso. Ahí volvió a sufrir como lo menciona en algunos renglones de la carta:“Llamaban al Instituto casa de prostitución y a los catedráticos y discípulos, herejes y libertinos. Los padres de familia rehusaban mandar a sus hijos a aquel establecimiento y los pocos alumnos que concurríamos a las cátedras éramos mal vistos y excomulgados por la inmensa mayoría ignorante y fanática de aquella desgraciada sociedad. Muchos de mis compañeros desertaron, espantados del poderoso enemigo que nos perseguía. Unos cuantos nornás quedamos sosteniendo aquella casa con nuestra diaria concurrencia a las cátedras.” […]

El tesón y la inteligencia de este indígena pudieron más que las trabas que se cruzaron en su camino, y gracias a esta personalidad perseverante nuestro país cambió para beneficio de las generaciones posteriores, con una república consolidada.

La vida del Benemérito de las Américas fue un rosario de adversidades y sufrimientos, abalorios frotados por las manos de Margarita que rezó junto a él cada verso de su penitencia compartida. Sufriendo orfandad, pobreza, discriminación, persecución, calumnia, encarcelamiento, exilio y dolorosas pérdidas familiares nunca se doblegó y resistió hasta el momento de su último aliento (18 de julio). La historia de su vida, como escrita por los filósofos de la tragedia para padecer desde su nacimiento hasta su muerte, destino contra el cual luchó hasta el final.

  • “Los hombres no son nada, los principios lo son todo”.  Lic. Benito Juárez
  • Imagen: Internet

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